H ay una diferencia enorme entre grosería y audacia. Parece obvio decirlo, pero un mismo chiste, un mismo gag, significan cosas muy distintas y tienen efectos completamente opuestos según el espacio donde sean dichos o practicados. Una escena con materia fecal en un grotesco, o en un film surrealista, o en un drama, tiene una dimensión muy diferente que si aparece en una comedia blanca y masiva. Pero Hollywood no lo entiende así, según se ha visto, con asombro (y no mojigatería) en una serie de películas recientes, enroladas en el humor cloacal. La semana anterior, ocurrió con «Irene y yo... y mi otro yo», donde Jim Carrey se entrega a un humor apropiado para llevar a las tías, con la diferencia que, de pronto, empieza a hacer chistes con un pene de plástico, entre otras cosas. Ahora, peor todavía, la segunda parte de «El profesor chiflado», con Eddie Murphy, ostenta un libreto de enredos convencionales pero matizado con erecciones, flatulencias y cobayos gigantes que violan gente, luego de disparar bolos fecales como cañonazos. El «slapstick» se llamaba antes. Ahora es el «shitstick».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La película no tiene nada nuevo. Murphy, que le da mucho trabajo a su departamento de efectos especiales y maquillaje, vuelve a prodigarse en múltiples personajes. Alguna que otra línea afortunada de diálogo poco puede hacer para atenuar tanta grosería abrumadora, resultado -como se dijo anteriormente-de mezclar en un mismo envase mensajes y climas tan distintos. Salvando las distancias, es como si José Marrone hubiera contado, en su circo de televisión para chicos, los mismos chistes que hacía para adultos en las revistas. Con perdón de Marrone por la comparación.
Dejá tu comentario