28 de agosto 2003 - 00:00

Entre mucho más que tinieblas

Escena del film
Escena del film
«Magdalene Sisters-En el nombre de Dios» («The Magdalene Sisters», G. Bretaña, 2002, habl. en inglés). Dir. y guión: P. Mullan. Int.: E. McEwan, A. M. Duff, D. Duffy, N. J. Noone, E. Walsh.

L a tragedia medieval que narra «Magdalene Sisters» horroriza más al saber que cesó recién en 1996. Ese año cerró la última Lavandería Magdalene, una red de «hogares» para prostitutas creada en Irlanda en el siglo XIX, y tomada no mucho después por la Iglesia Católica que confió su administración a monjas de la Misericordia entre otras órdenes.

Allí eran recluidas huérfanas e indigentes, pero también otras jóvenes arreadas por sus propias familias por «delitos» fundamentalmente relacionados con el sexo. Tales hogares funcionaban como campos de concentración, con «kapos» incluidas, donde las internas eran obligadas a trabajar a destajo a fin de expiar sus pecados y alcanzar la vida eterna, y de donde, si no lograban evadirse, sólo salían muertas. Se calcula que pasaron por ese infierno terrenal alrededor de 30.000 mujeres.

El film de Peter Mullan (el segundo que dirige el reconocido actor de «Mi nombre es Joe» de Ken Loach, entre otros trabajos) se basa en la historia de tres reclusas que ingresaron a uno de esos sitios, apenas adolescentes, un mismo día de 1964. Dos de ellas fueron llevadas por sus padres: Margaret ( Anne-Marie Duff), luego de ser violada por su primo en una boda, y Rose ( Dorothy Duffy) por haberse convertido en madre soltera, no sin antes ser forzada a dar a su hijo en adopción. Bernadette ( Nora-Jane Noone), la tercera, simplemente por ser demasiado linda y atraer la atención de los muchachos desde el patio del orfanato donde vivía.

El guión del mismo Mullan (que también hace una aparición breve como un padre bestial) reseña lo más secamente posible -y esforzándose por no caer en el anticlericalismo fácil-los padecimientos de estas mujeres despojadas de todo derecho. En cuanto a la realización, es un film de neto corte carcelario, donde las monjas son las carceleras y hasta torturadoras (algunas con más convicción que otras, como la madre superiora, interpretada por una impresionante Geraldine McEwan), pero también víctimas del poder masculino, como es fácil colegir. Al respecto, es evidente asimismo, que aunque casi toda la película transcurre entre las horribles paredes de esa cárcel-lavandería, lo que examina Mullan es la sociedad irlandesa en general.

Si bien el director acierta más cuando sólo sugiere (la escena muda que sigue a la violación es el mejor ejemplo), y yerra cuando subraya sin necesidad (la monja que cuenta plata con actitud de avara, la cámara que va de una mesa de desayuno a otra remarcando diferencias), no se le puede pedir más «sutileza», teniendo en cuenta la obscenidad de los hechos que muestra.

Las actrices (todas) sirven con alma y vida a sus personajes, en una obra cuyo fuerte valor testimonial seguramente incidió en el jurado del festival de Venecia que el año pasado le otorgó el León de Oro, su premio principal.

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