«Mujer con choclos», de Juana Elena Diz, una de las artistas más interesantes que integró el grupo Espartaco.
Al igual que «Arte y Política en los '60" (Palais de Glace, 2002) y «Hay que comer», de Carlos Alonso, «Espartaco», la exposición que inauguró la semana pasada el Museo de la Universidad Nacional Tres de Febrero, comparte el fuerte contenido político de las anteriores. La impronta proviene del curador, Alberto Giúdice quien ha investigado para reconstruir la historia del grupo integrado por Espirilo Bute, Pascual Di Bianco, Juana Elena Diz, Raúl Lara Torrez, Mario Mollari, Juan Manuel Sánchez, Carlos Sessano, Franco Ventura y Ricardo Carpani, este último, el artista más conocido por el público, acaso por la trascendencia que en su momento tuvieron los carteles que realizó para la CGT.
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Si bien el arte social en la Argentina está mayormente arraigado en el convulsionado devenir económico y político, la estética de Espartaco se puede rastrear en el Realismo Socialista de los afiches rusos y el muralismo mexicano. La muestra ostenta el estilo directo del arte destinado a las masas, que surge a principio de la década del 30, cuando Stalin, considerando que las obras de las vanguardias se habían tornado demasiado complejas, marcó el fin de la utopía revolucionaria e impuso un estilo retórico y maximalista destinado a la propaganda política compulsiva.
En México, como en la Argentina, la radicalización del discurso político no fue una imposición oficial. Los muralistas mexicanos a partir de 1921 y durante los próximos 50 años optaron por expresiones de tipo social, con el afán por comunicar a las masas analfabetas la historia de la revolución. A partir de esa experiencia, el muralismo se expande por todo el continente, al norte y al sur. En Buenos Aires, la llegada de David Alfaros Siqueiros en 1933 marca un hito; luego, en 1947 llega Cándido Portinari, que ejerce una marcada influencia en el grupo Espartaco y, sobre todo, en Mollari.
La exposición de la UNTREF muestra un momento histórico que va desde 1959 hasta 1968, cuando el grupo expone por última vez en la galería Witcomb, y permite recorrerel prolongado anticlímax de la utopía socialista, reflejado en la pérdida de los rasgos individuales, la estandarización de los ideales y consecuentemente, del estilo.
Así, la distorsión de las inmensas manos y pies de la clase trabajadora, los rostros y puños crispados con rasgos aindiados, forman parte de la recalcitrante retórica del arte social hecho para las masas que prosperó -más que en la Argentina-en el resto de Latinoamérica, sobre todo en países que tienen gran parte de la población indígena.
El esquema de pensamiento rígido tiene como correlato los fuertes contornos pintados en riguroso negro de Sánchez, el azul de la carne tumefacta que predomina en toda las obras de Carpani, y la uniformidad del estilo. Sin embargo, hay artistas como Sessano, Diz o Venturi que con sus visiones personales se resisten al encasillamiento.
En suma, resulta difícil enfatizar el drama social, y en la historia del arte son escasas las obras que logran representarlo. El propio Picasso, con todo su virtuosismo pinta el «Guernica» en 1937, pero cuando en 1951 presenta «Masacre en Corea», fracasa en su intento de transponer a la imagen el horror de la guerra.
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