Los cuadros
corales,
fuerte de la
ópera «I
vespri
siciliani», son
uno de los
pilares de
esta nueva
producción de
poco
representada
ópera de
Verdi.
«I vespri siciliani». Opera en cinco actos y doce cuadros. Mús.: G. Verdi. Dir. mus.: M. Perusso. Régie: E. Vigié. Dir. Coro: S. Caputo. Coreog.: R. Gallardo. (Teatro Colón). Hasta el 18 de mayo.
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El segundo título de la temporada lírica del Teatro Colón, «I vespri siciliani», de Giuseppe Verdi, fue presentado con nueva producción escénica de características espectaculares acordes a la «grand opéra», estilo algo ampuloso y decorativo pensado en función del gusto popular que concurría a la Opera de París alrededor de los años cincuenta del siglo XIX.
Obra de encargo, el Verdi patriótico de los cuarenta años («I vespri siciliani» se estrenó en la Opera de París en 1855) se las ingenió para transformar el pueril libreto de Scribe y Duveyrier en un manifiesto de su pensamiento político. Como consecuencia, esta ópera extensa y dificultosa para su realización técnica -la actual producción lleva casi cuatro horas desde la obertura hasta el electrizante final- habla de las ideas verdianas acerca de la libertad de su tierra.
La actual producción del Colón fue concebida como un enorme fresco histórico, y las acciones, que en su origen ocurrían en 1282, en Palermo, se llevaron a los siguientes cinco años del estreno de la ópera, es decir, alrededor de 1860. Esta circunstancia permitió al escenógrafo e iluminador Enrique Bordolini y a la vestuarista Imme Möller diseñar escenarios y ambientaciones de atmósfera viscontiana, como aquellos del «Gatopardo», en los afrancesados y polvorientos espacios sicilianos.
A su belleza plástica y funcional se ligó la habilidad del régisseur Eric Vigié en el manejo de la escena. Desde los graffiti vivando a Garibaldi hasta las banderas destruidas o enarboladas para resignificar los triunfos patrióticos italianos, el valor de la puesta está en no tergiversar las ideas de Verdi y cumplir con las reglas espectaculares de la grand opéra.
El Coro Estable con la magnífica dirección de Salvatore Caputo se convierte en protagonistade muchos segmentos de la obra, participando activamente en el relato épico en el que el canto colectivo, afinado, musical y equilibrado con la potencia orquestal, es un elemento indispensable para el éxito de la representación. La Orquesta Estable con Mario Perusso, exacto en la musicalidad y en la expresividad de la partitura, fue otra de las columnas.
El Ballet Estable agregó colorido a una secuencia festiva y el reparto congregó a cantantes del elenco nacional y del exterior. El gran protagonista fue Carlos Duarte en una labor consagratoria, tanto por su arrojo como por la calidad de su canto en un papel agotador. También fue calificada la interpretación del barítono italo-taiwanés Carlo Kang, de buen ensamble con Duarte en los dúos. Marquita Lister como Elena se desempeñó correctamente, aunque no convenció en el conocido «Bolero» que debe cantar en el quinto acto de la obra, rebosante de coloraturas. El registro agudo de la soprano se oyó incisivo y, a lo largo de toda su interpretación no mostró una línea muy verdiana.
Bien el bajo Duccio dal Monte, luego de un inicio dubitativo. El resto del elenco de esta ópera difícil para los hacedores y para el espectador tuvo a calificados cantantes jóvenes (Folger, Cazes, Cecotti, Natale y Sanguinetti entre otros). También la actuación de un niño patriota -no se consigna su nombre- de asombrosa entrega dramática.
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