Experimento con la marca Vivi Tellas

Espectáculos

«Escuela de Conducción» de V. Tellas. Int.: L. Segismondi, C. Toledo y G. Valentinis. Dir.: V. Tellas. Esc. y Dis.: P.Baseggio. (El Camarín de las Musas.)

En general el público va al teatro con la esperanza de que los actores asuman sus personajes de manera convincente para que la ficción tenga algún viso de realidad. A Vivi Tellas le interesa exactamente lo contrario: la actuación de personas reales, haciendo de sí mismas o brindando algún testimonio de vida, siempre con la intención de convertir esa práctica en juego teatral.

«Escuela de Conducción» es la cuarta obra del Proyecto Archivos, luego de «Mi mamá y mi tía», «Tres filósofos con bigotes» y «Cozarinsky y su médico». Tellas parte de un exhaustivo relevamiento centrado en las actividades, inclinaciones y recuerdos de la gente que convoca. En «Mi mamá y mi tía» afrontó el desafío de revisar la historia de su familia desde una perspectiva dramática y sin regodearse en lo anecdótico. Inevitablemente siempre habrá temas que interesen más que otros. «Tres filósofos con bigotes», por ejemplo, atrajo a todo tipo de público gracias al ingenio de tres profesores de la UBA que, entre otras cosas, explicaron la «Alegoríade la caverna» platónica a través de una reveladora dramatización. Los contenidos de su último espectáculo son mucho más simples y cotidianos, pero al igual que los tres anteriores, «Escuela de Conducción» desafía el escurridizo criterio de realidad sin perder su carácter lúdico. Tellas conoció a Guido Valentinis, Carlos Toledo y Liliana Segismondi en un curso de manejo del Automóvil Club. Los hombres son dos profesores de la Escuela de conducción; Segismondi, la única empleada que no sabe manejar. Ahora lo intenta en un escenario con la asistencia pedagógica de sus compañeros de trabajo. Un video los muestra disfrazados de pilotos de Fórmula 1 en un local de la calle Warnes; en otro momento, miran fotos de autos atribuyéndole a cada modelo cualidades humanas. Los tres exponen sus facetas más insólitas y algunas intimidades de su trabajo conscientes de estar «jugando» en un escenario.

El espectáculo toma mucha distancia del reality televisivo, ya desde el momento en que los intérpretes aceptan cantar, bailar y hablar de sus vidas respetando los códigos teatrales. El público valora su entrega e incluso perdona con una sonrisa alguna que otra sobreactuación. No hay nada más difícil que hacer de uno mismo con naturalidad.

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