6 de noviembre 2003 - 00:00

Fantasmal visita al museo del Hermitage

El arca rusa
"El arca rusa"
«El arca rusa» («Russkij kovcheg», Rusia-Alemania, 2002; habl. en ruso). Dir.: A. Sokurov. Int.: S. Dontsov, M. Kuznetsova, M. Sergeyev, A. Chaban y otros.

Cazador de un arca que no se perdió porque nunca se tuvo, el cineasta ruso Alexander Sokurov se aventura, en esta película, a una visita fantasmal y decadentista por el palacio-museo del Hermitage de San Petersburgo. Como a Borges, a Sokurov también se le hace cuento que empezó el Hermitage, tan eterno como el agua y el aire, tan apócrifo como su identidad europea.

El tour, viscontiano y aristocratizante, combina dos placeres en apariencia contradictorios: el desafío técnico de su rodaje (una única toma en video digital, sin cortes de edición) con la nostalgia por su pasado opulento, esos siglos XVIII y XIX en los que el orgullo ruso jamás terminó de aceptar que no era ni sería Europa, hasta que el siglo XX le cambió las reglas del juego. Pero allí, a esa instancia, el film no se aventura: «Prefiero quedarme aquí» se oye decir, mientras cesa el ritmo de las mazurkas y los convidados abandonan el palacio.

El libro opone dos voces cuyo diálogo articula el relato: un noble francés, visible, casi un remedo de Nosferatu ( Sergei Dontsov), y una voz en off que se identifica con el propio Sokurov. El intercambio es el de Europa con Rusia, el de la luz con la sombra, el de la cultura con su resignada réplica. Ironía, desde luego, con el tamiz de esa mortificación tan eslava, tan propia de los personajes de Chejov a la hora de la siesta.

«Esto parece el Vaticano»
, dice el noble. «¿Es allí donde estamos? ¿Acaso estos frescos no están inspirados en Rafael? Oh, sí. Mejor que en el Vaticano. Pero esto es San Petersburgo. ¿Entonces son copias? Las autoridades rusas nunca creyeron en sus propios artistas. Y los rusos son tan talentosos para copiar... Los zares fueron rusófilos, pero soñaban con Italia. Todo este palacio es ese sueño».

•Teatral

El recorrido del extranjero por las salas del palacio, entreverándose con miles de extras en suntuosos vestuarios, es fuertemente teatral (la producción, espléndida, proviene en su mayor parte del teatro Mariinsky, ex Kirov en los años de Stalin); por momentos, aunque no sea idéntica, la concepción recuerda a «Tamara», aquella obra de teatro viviente en la que el espectador elegía a qué habitación entrar y a qué personaje seguir. Aquí la elección está delegada en ese ojo único e inininterrumpido, que sigue la laberíntica (y caprichosa) memoria del guía.

«El arca rusa»
saltea arbitrariamente las épocas, y va de los tiempos de Pedro y Catalina la Grande a los de Nicolás y Alejandra, atravesando fugazmente, en el medio, por la clausura y asfixia de los años de la Segunda Guerra y un pequeño encuentro con «extemporáneos» turistas actuales. Como contrapeso, allí está ese «tiempo real» de la toma única de cámara, aunque atenuado en su artificio por el empleo de un sonido que no es directo.

Discípulo y admirador de
Andrei Tarkovski, Sokurov emplea planos e imágenes en los que hace revivir al maestro (algo que no le es ajeno a este film de ultratumba). La imagen congelada del mar que rodea al Palacio, la frase «estamos destinados a navegar por siempre, a vivir para siempre», tan en sintonía con el melancólico vampiro-guía, le dan otro sabor a sus sarcasmos políticos: «Nunca creí» se le oye decir al francés «que una república fuera el mejor modelo para un país tan vasto como Rusia», a lo que el ruso opone: «Ustedes, los europeos, son demócratas que no terminan de hacer el duelo por la monarquía».

Película de un hombre extremadamente culto que, quizá, sienta íntimamente que nació del lado equivocado de los Urales (como
Victoria Ocampo sentía haber nacido del lado equivocado del Atlántico), «El arca rusa» será también, desde luego, un film para el Guiness por su prodigiosa toma única de una hora y media («Festín diabólico» de Hitchcock, por limitaciones técnicas, cortaba con cada bobina sobre la espalda de algún actor).

Desde luego, hacer un film de esta manera no deja de tener algo de circense -aunque excite a muchos comentaristas sabios-, y corre el riesgo de que el espectador, en los primeros minutos, se distraiga de la misma manera en que se distrae el lector de «La disparition», la novela en la que Georges Perec no empleó la letra «e»: uno está atento a ver cómo le sale antes que a lo que relata. Por suerte (y Sokurov es el primero en decirlo, como se le oye en un documental que acompaña la edición del film en DVD), «la proeza técnica no tiene ninguna importancia. Lo importante es el logro artístico». Sin duda, y «El arca rusa» lo alcanza.

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