6 de noviembre 2003 - 00:00
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"El arca rusa"
«Esto parece el Vaticano», dice el noble. «¿Es allí donde estamos? ¿Acaso estos frescos no están inspirados en Rafael? Oh, sí. Mejor que en el Vaticano. Pero esto es San Petersburgo. ¿Entonces son copias? Las autoridades rusas nunca creyeron en sus propios artistas. Y los rusos son tan talentosos para copiar... Los zares fueron rusófilos, pero soñaban con Italia. Todo este palacio es ese sueño».
«El arca rusa» saltea arbitrariamente las épocas, y va de los tiempos de Pedro y Catalina la Grande a los de Nicolás y Alejandra, atravesando fugazmente, en el medio, por la clausura y asfixia de los años de la Segunda Guerra y un pequeño encuentro con «extemporáneos» turistas actuales. Como contrapeso, allí está ese «tiempo real» de la toma única de cámara, aunque atenuado en su artificio por el empleo de un sonido que no es directo.
Discípulo y admirador de Andrei Tarkovski, Sokurov emplea planos e imágenes en los que hace revivir al maestro (algo que no le es ajeno a este film de ultratumba). La imagen congelada del mar que rodea al Palacio, la frase «estamos destinados a navegar por siempre, a vivir para siempre», tan en sintonía con el melancólico vampiro-guía, le dan otro sabor a sus sarcasmos políticos: «Nunca creí» se le oye decir al francés «que una república fuera el mejor modelo para un país tan vasto como Rusia», a lo que el ruso opone: «Ustedes, los europeos, son demócratas que no terminan de hacer el duelo por la monarquía».
Película de un hombre extremadamente culto que, quizá, sienta íntimamente que nació del lado equivocado de los Urales (como Victoria Ocampo sentía haber nacido del lado equivocado del Atlántico), «El arca rusa» será también, desde luego, un film para el Guiness por su prodigiosa toma única de una hora y media («Festín diabólico» de Hitchcock, por limitaciones técnicas, cortaba con cada bobina sobre la espalda de algún actor).
Desde luego, hacer un film de esta manera no deja de tener algo de circense -aunque excite a muchos comentaristas sabios-, y corre el riesgo de que el espectador, en los primeros minutos, se distraiga de la misma manera en que se distrae el lector de «La disparition», la novela en la que Georges Perec no empleó la letra «e»: uno está atento a ver cómo le sale antes que a lo que relata. Por suerte (y Sokurov es el primero en decirlo, como se le oye en un documental que acompaña la edición del film en DVD), «la proeza técnica no tiene ninguna importancia. Lo importante es el logro artístico». Sin duda, y «El arca rusa» lo alcanza.



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