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«El oráculo» se acerca más a la novela policial que al bestseller de aventuras. Las pistas utilizadas incluyen pasajes de «La Odisea», antiguos ritos necrománticos y hasta el hallazgo de una misteriosa vasija de oro micénica. Toda esta conjunción de datos -verídicos, míticos y ficcionales-apunta a desentrañar una intriga que en principio parece emerger como consecuencia directa de la revuelta estudiantil ocurrida en 1973, cruelmente sofocada por la policía ateniense.
A 10 años de aquel cruento incidente, se inicia en Grecia una sangrienta ola de exterminio en manos de un vengador anónimo que gusta acompañar el cadáver de sus víctimas (un par de conocidos torturadores) con frases en clave provenientes de autores clásicos.
Las citas son muy numerosas y en algunos casos hasta figuran en griego; pero tanta referencia erudita más que balancear el método racional propio del género con el voluptuoso encanto del pensamiento mítico, sólo logra desorientar al lector. Ya que por debajo de la intriga principal -protagonizada por un viejo arqueólogo, un grupo de ex estudiantes y algunos miembros de la policía-se desarrolla otra liderada por un diabólico vengador anónimo, cuyos móviles responden a una interpretación bastante forzada, que proviene -según el autor-de la «arqueología astrológica».
«El oráculo» resulta una novela bastante convencional en su género y su utilización de los mitos griegos se desentiende de toda connotación filosófica o tratamiento poético.
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