"El fotógrafo de Mauthausen" podría ser el titulo de una película que se podría poner junto a «El pianista» de Roman Polanski y «La lista de Schindler» de Steven Spielberg, como otra abrumadora y contundente denuncia de los horrores llevados a cabo por las dictaduras del siglo XX.
26 de enero de 1946, Tribunal Internacional Militar de Nuremberg. El catalán Francisco Boix se presenta a declarar. Testimoniará sobre los campos de concentración nazis. Es un sobreviviente. Estuvo internado en Mauthausen desde el 27 de enero de 1941 hasta la entrada de las tropas norteamericanas el 5 de mayo de 1945. Tiene pruebas de que los más altos jerarcas de Hitler estuvieron en Nuremberg, en Mauthausen, en Dachau. «Usted tiene fotos de lo ocurrido en Mauthausen, ¿cómo las consiguió?», le preguntan. Boix tiene 26 años. A pesar de lo sufrido, mantiene una sonrisa de eterno adolescente: «Unas se las robé a oficiales nazis, otras las saqué con mi Leica. Soy reportero gráfico. Entré en el Servicio de Identificación del campo. Se podía fotografiar todo lo que ocurría en el campo para enviarlo al Alto Mando en Berlín». Hitler, Himmler y el resto querían tener pruebas. «Olíamos a muerte, pensábamos constantemente en la muerte. Le temíamos menos que al dolor, era nuestra compañera, nuestra amiga y, a veces, nuestra única posibilidad de escapar», recordará un compañero de Boix.
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El fotógrafo presentará en el Juicio de Nuremberg, y luego en el de Duchau, registros gráficos de las 35 formas diferentes de morir en Mauthausen: por disparo en intento de fuga, suicidio por salto al vacío, por ahogamiento, por electricidad, por ahorcamiento, por inyección letal (la mayoría, suicidios inducidos), en cámara de gas, en vehículo de gas, por asesinato declarado como enfermedad, duchas en invierno, por disparo en la nuca, despedazado por perros. Recuerda a oficiales nazis azuzando perros contra contingentes de judíos, a los que antes ordenaron desnudarse. Pero judíos y gitanos «presos raciales» fueron sólo una parte de la población del campo: la que se asesinaba más rápido.
Mauthausen se fundó en 1938, tras la incorporación de Austria al Tercer Reich. Los primeros en llegar fueron presos comunes, de estafadores a gángsters. Casi de inmediato arribaron los llamados «parásitos sociales» (enfermos mentales, paralíticos, lisiados, etc.), y luego homosexuales, opositores, soldados y partisanos capturados en la guerra: rusos, polacos, franceses y «españoles rojos».
•Imágenes robadas
Las fotos, tomadas o robadas por Boix, remiten al refrán chino: «valen por mil palabras», suplen la afonía provocada por el espasmo del horror, confirman el genocidio, esa palabra creada en el Juicio de Nurembeng para poder abarcar la magnitud de la barbarie. En muchas, como en los films de propaganda nazi de Leni Riefenstahl, se busca una «estética apolínea» como para distanciar la magnitud del horror, mostrando cadáveres en un campo de flores o en medio de la nieve. Hasta en el diseño de Mauthausen se buscó una «estética», se quiso que fuera «una fortaleza medieval». Luego de mostrar imágenes del campo de concentración, Boix señaló a Albert Speer, el arquitecto de Hitler, y dijo: «Así lo ordenó usted».
Francesc Boix (Francisco para los españoles, Franz para los alemanes) había nacido en Poble Sec, Cataluña, en 1920. Su familia, típica pequeño burguesía catalana, tenía sastrería. Su juventud estuvo sólo preocupada por los estudios. A los 16 años se une a sus amigos socialistas y comunistas. Al iniciarse la Guerra Civil lucha en el bando republicano, como «fotógrafo (su gran pasión, su amada profesión) combatiente», era, recuerdan sus amigos, «ese muchacho que se pasaba fatigando el Bolero de Ravel con sus armónica». Al fin de la Guerra Civil huye a Francia, donde ingresa en la Compañía de Trabajadores Extranjeros para luchar contra los nazis. Cae prisionero de los alemanes junto a unos dos mil republicanos. Su facilidad para los idiomas hace que en Mauthausen lo hagan intérprete, y luego lo pongan en el Servicio de Identificación, revelando, copiando y sacando fotos. Allí comprende el valor de esos documentos que pasan por sus manos y comienza a escamoteárselos a los SS. Crea una red para sacar las fotos del campo. Uno de los prisioneros, con libertad vigilada, enamora a una mujer de un pueblo vecino y logra que guarde los rollos que revelan de forma inapelable las monstruosidades del régimen nacional socialista, ese infierno que Boix retrató y tuvo el valor de denunciar.
La vida de Francisco Boix (murió en París en 1951, a los 31 años, a causa de una tuberculosis originada en Mauthausen) se ha divulgado en el premiado documental «Boix, un fotógrafo en el infierno», de Lloren Soler (que unos pocos lograron ver en el ciclo «Lesa humanidad. El nazismo en el cine» que se hiciera en el MALBA), y en la extraordinaria biografía «Francis Boix, el fotógrafo de Mauthausen» -que podría servir de base a una película- de Benito Bermejo (publicada por RBA, y que la devaluación ha hecho que aún no llegara a la Argentina, y que ahora traerá, «Del Nuevo Extremo»), para la que realizó cientos de entrevistas, a través de diez países (algunos parecen ser un eco de los memorables testimonios de Jorge Semprún), y que contiene algunas de la miles de fotos de Boix -que lo colocan entre los grandes de la fotografía- documentando el horror de los campos de concentración. Un horror que continuó, a pesar de la caída del nazismo, en los gulags soviéticos hasta la caída del Muro de Berlín.
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