21 de septiembre 2000 - 00:00

"FUCKLAND"

“uckland” es una película molesta, irritante inclusive, pero de una originalidad tal que vuelve aconsejable la experiencia de verla. Con seguridad, su mayor escándalo no reside en los dos obstáculos de boletería que actúan desde su idea de base, una misoginia casi hostil en lo sexual y la malvinización en lo político, sino en su manera de presentarlos a través de un relato que, a priori, rechaza de plano al público al que podría dirigirse.
Al adherir, por moda, esnobismo o presupuesto, al llamado Dogma 95 (ese movimiento que consiste en filmar de forma espasmódica lo que podría filmarse sencillamente bien, y que sigue gozando de un prestigio poco explicable), «Fuckland» apela a un espectador «iniciado» pero para sumergirlo en una historia que, sin duda, no le procurará esa felicidad autocomplaciente que este tipo de cine suele proporcionar a sus devotos.
«Fuckland», sostenida por el discurso interior de un macho en busca de su presa y sin maquillajes que oculten su insolencia, es en su superficie la historia de un argentino que viaja a Malvinas con el fin secreto de embarazar a una kelper y, de esa manera, ser pionero en el proyecto de producir una generación de futuros argentinos-isleños que, alguna vez, reconquistarán las islas, pero desde dentro. Algo así como la versión nacionalista de «El pueblo de los malditos».
Esta descabellada hipótesis fantástica, cuya autoría sin embargo el «Sunday Telegraph» de Londres atribuyó al mismo
Galtieri cuando se refirió, hace una semana, al estreno de esta película, se desarrolla de manera desarticulada y desprolija, fruto de la más pura improvisación con que se gestó. Y es esa misma precariedad de libreto, ese método de asociación libre con el que actuó su protagonista, Fabián Stratas, lo que le da a esta película su incomparable vigor y su efecto único sobre el público (y no el Dogma, que sólo produce ataques al cerebelo y desagradables sensaciones de vértigo).

 Promoción

Desde que empezaron los anuncios de «Fuckland», mucho se insistió por razones promocionales, inclusive en el slogan, en su carácter de «clandestina» y en las condiciones riesgosas del rodaje (su realizador José Luis Marqués, es un reconocido director de cine publicitario). Es cierto: si el equipo hubiese sido descubierto por las autoridades kelpers no habría pasado un momento muy grato, aunque tampoco es razonable pensar que esta película vaya a poner más en riesgo las relaciones bilaterales que los ositos Winnie The Pooh que quería mandar el ex canciller Di Tella.
Sin embargo, el escenario en Malvinas le da a la película un contexto privilegiado. En primer lugar por las imágenes inéditas de las islas hoy, realmente muy interesantes (al punto tal de que, al principio, cuando habla el soldado en el aeropuerto advirtiendo sobre el peligro de los campos minados, se desea que el film continúe sobre el carril documental, sin estorbos argumentales).
Pero cuando se han aceptado las reglas del juego y toda la película se vuelve pura ficción, la ocurrencia en las islas le sigue dando un elemento único, que podría -también-ser un festín para psicoanalistas: la aventura de Fabián en Malvinas es una clarísima representación de la guerra a través del sexo, y el coito hostil con Camilla, que es su única meta, la figuración de esa criatura hermafrodita de la que hablaba Platón (y que más tarde teorizó Freud), partida en dos en un tiempo mitológico y que ahora busca reunirse. Malvinas es, como el sexo opuesto, un territorio propio pero enajenado, enemigo. Fabián (mago de profesión, también en la vida real) se propone recuperarlo dando los pasos de la guerra: la invasión, la exploración, el ataque, la retirada. A su manera, es un film bélico.
Más allá de la hojarasca publicitaria, y del previsible volumen de prensa que «Fuckland» continuará teniendo cuando se proyecte en Londres en el English Film Festival en noviembre (en principio, el elemento más ofensivo en su título, que en inglés suena excesivamente fuerte y al que sólo se escribe «F***land»), este original exabrupto cinematográfico merece verse.

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