20 de septiembre 2004 - 00:00
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«Vestuario» (2000), de Román Vitali, que forma parte de la muestra «Brumas» en la galería Ruth Benzacar.
Burton comete una transgresión en «Margarita ya no me habla»: clausura con tres puntadas de hilo quirúrgico la boca de una mujer con inocente rostro de muñeca. En otra línea están los dibujos de Gómez, anticipando el drama de sus futuras esculturas. Entretanto, las aguafuertes de Bianchedi componen imágenes surrealistas: hombres sin manos y una pupila en cambio de la cabeza. Dowek es la artista que de modo más explícito exhibe la tragedia: sus sombrías e inquietantes pinturas de la serie «Insurrección» representan alambrados, alcantarillas o grupos de hombres que corren, huyendo de algo que no está presente en la obra y se intuye siniestro.
En el subsuelo de la galería Ruth Benzacar se exhibe « Brumas», una muestra de Román Vitali, artista rosarino que con especial habilidad teje cuentas de colores para conformar con ellas un mundo pleno de brillos y resplandores. Al ingresar a la sala se divisan dos círculos coloridos con formas abstractas, que luego se reiteran en un traje de estridente color naranja.
En una columna trepan como enredaderas los bellísimos ornamentos blancos, a su derecha, una salvaje maraña de calas ostenta la sensualidad de sus formas. Luego de atravesar ese bosque florido, se levanta una serie de casitas también hechas de abalorios y circundadas por estrellas sobre altos pedestales.
Vitali es un genuino representante de los 90, pero de los 90 argentinos, dedicados a producir un arte «light», ornamental, que se confunde con la decoración y que carece de « sentido», mientras la moda en los circuitos internacionales y también locales era (y sigue siendo) el neoconceptualismo. Sin embargo, quienes consideran que el fin del arte es ser portador de sentido, no pueden dejar de advertir que el «sinsentido» nunca es casual, que alguna razón lo determina.
En Europa, la revuelta Dadá la desató la contradicción que existía entre la cruel realidad de la vida y la que exhibía el arte tradicional. En la Argentina de los 90, el rescate de la felicidad privada se ofreció a los artistas como tabla de salvación. Todos entendieron a Marcelo Pombo cuando dijo: «Sólo me interesa lo que está a un metro de mí». También entendieron, compraron y legitimaron un arte hecho de globos y burbujas, maquetas y oropeles, que privatizó la ilusión y se comprometió con lo propio.
Por estas razones, las pretensiones teóricas que se barajan alrededor de la muestra suenan huecas. Por ahora, basta y sobra con la gracia y la belleza que exhibe.



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