20 de septiembre 2004 - 00:00

Galerías compiten ya en calidad con los museos

«Vestuario» (2000), de Román Vitali, que forma parte de la muestra «Brumas» en la galería Ruth Benzacar.
«Vestuario» (2000), de Román Vitali, que forma parte de la muestra «Brumas» en la galería Ruth Benzacar.
En estos últimos años, las galerías porteñas han demostrado que son capaces de montar exposiciones dignas de un museo y cuyo interés, antes que el comercial, consiste en el rescate de artistas o momentos históricos que merecen ser recordados. Alvaro Castagnino exhibe «Mirada sobre los 70», que recupera una década escasamente estudiada hasta hoy a pesar del espíritu revisionista que alienta a la actual generación de historiadores del arte.

La curadora Clelia Taricco ya se había adentrado en esos años de márgenes confusos para rescatar al artista Rodolfo Azaro del olvido, y ahora vuelve para investigar un período que va desde 1974 hasta 1978. La muestra presenta una selección de obras de Miguel Angel Bengochea, Jorge Alvaro, Silvina Benguria, Remo Bianchedi, Mildred Burton, Alicia Carletti, Américo Castilla, Diana Dowek, Héctor Giuffré, Norberto Gómez, Hugo de Marziani, Juan Pablo Renzi, Hugo Sbernini y Pablo Suárez, que en esa década participaron del Premio Marcelo De Ridder.

Desde la perspectiva actual, hasta suena extraño el conjunto, ya que luego de 30 años es poco lo que estos artistas tienen en común. Pero en el contexto imaginario que genera la muestra, son varias las obras que comparten una misma tensión contenida, y también coinciden en la elección de temas supuestamente apacibles, como paisajes, retratos o bodegones.

Nada tan ajeno a la sospecha como una jarra de café que descansa sobre una mesa, pero nada tan intrigante, sobre todo si se conoce la trayectoria de Renzi. Sus obras «La siesta» y «Vidrios empañados» son verdaderos ejercicios de precisión pictórica, donde la pasión está totalmente reprimida. Y en la misma línea figura «Desde aquí te escribo», una escena casi bucólica de Suárez que con su ambigüedad abre lugar al planteo de lo que se percibe como real.

Burton
comete una transgresión en «Margarita ya no me habla»: clausura con tres puntadas de hilo quirúrgico la boca de una mujer con inocente rostro de muñeca. En otra línea están los dibujos de Gómez, anticipando el drama de sus futuras esculturas. Entretanto, las aguafuertes de Bianchedi componen imágenes surrealistas: hombres sin manos y una pupila en cambio de la cabeza. Dowek es la artista que de modo más explícito exhibe la tragedia: sus sombrías e inquietantes pinturas de la serie «Insurrección» representan alambrados, alcantarillas o grupos de hombres que corren, huyendo de algo que no está presente en la obra y se intuye siniestro.

Oscilando entre la potencia de los '60 y el arrebato pictórico de los '80, la trayectoria de los artistas de los '70, que alcanzaron el punto álgido de visibilidad en una u otra década, quedó asimilada -salvo escasas excepciones-al antes o al después. Sin embargo, el recorte en el tiempo de esta muestra, permite descubrir que existió una tendencia, una mirada presuntamente objetiva, una actitud que se supone fue extremadamente distanciada o silenciosa, y que ahora se percibe de modo diferente.

• Noventa

En el subsuelo de la galería Ruth Benzacar se exhibe « Brumas», una muestra de Román Vitali, artista rosarino que con especial habilidad teje cuentas de colores para conformar con ellas un mundo pleno de brillos y resplandores. Al ingresar a la sala se divisan dos círculos coloridos con formas abstractas, que luego se reiteran en un traje de estridente color naranja.

En una columna trepan como enredaderas los bellísimos ornamentos blancos, a su derecha, una salvaje maraña de calas ostenta la sensualidad de sus formas. Luego de atravesar ese bosque florido, se levanta una serie de casitas también hechas de abalorios y circundadas por estrellas sobre altos pedestales.

Vitali
es un genuino representante de los 90, pero de los 90 argentinos, dedicados a producir un arte «light», ornamental, que se confunde con la decoración y que carece de « sentido», mientras la moda en los circuitos internacionales y también locales era (y sigue siendo) el neoconceptualismo. Sin embargo, quienes consideran que el fin del arte es ser portador de sentido, no pueden dejar de advertir que el «sinsentido» nunca es casual, que alguna razón lo determina.

En Europa, la revuelta Dadá la desató la contradicción que existía entre la cruel realidad de la vida y la que exhibía el arte tradicional. En la Argentina de los 90, el rescate de la felicidad privada se ofreció a los artistas como tabla de salvación. Todos entendieron a
Marcelo Pombo cuando dijo: «Sólo me interesa lo que está a un metro de mí». También entendieron, compraron y legitimaron un arte hecho de globos y burbujas, maquetas y oropeles, que privatizó la ilusión y se comprometió con lo propio.

Por estas razones, las pretensiones teóricas que se barajan alrededor de la muestra suenan huecas. Por ahora, basta y sobra con la gracia y la belleza que exhibe.

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