18 de mayo 2000 - 00:00
"GLADIADOR"
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•ermuta
Si todos los caminos conducen a Roma, el de los decorados cibernéticos es el que más tarda, y el que más lejos deja del centro. No se trata de nostalgia casi tanguera por los viejos decorados inocentes; de lo que se trata, más bien, es de una permutación de inocencias.
«Gladiador», tras la maraña de laberintos visuales, recortes digitalizados y abrumadores clips en cámara lenta (el diezmo que, en apariencia, todo director de cine-espectáculo debe tributar hoy al público y a la industria para obtener el pulgar en alto), relata la historia de un hombre en desgracia. Maximus, estupendo trabajo de Russell Crowe, es un general romano, favorito del emperador Marco Aurelio, diestro en las batallas, amante de la democracia aun bajo el Imperio, padre de familia ejemplar y prudente ciudadano. Un poeta no sabría cuál de sus virtudes alabar en primer término.
El mediocre y pusilánime Comodus, hijo del anciano emperador y sucesor natural a los laureles de César, no sólo es su opuesto absoluto sino que ni siquiera tiene esos rasgos de perversa genialidad de algunos de sus ilustres antecesores: Nerón y Calígula lo despreciarían sin más (sumado al hecho de que Peter Ustinov y Malcolm Mc-Dowell son infinitamente más actores que el gris Joaquin Phoenix).
Cuando Comodus advierte la traición que está por cometer su propio padre, nombrar sucesor a Maximus y restaurar Senado y República, recurre a lo que más a mano encuentra: una almohada, asfixia, parricidio, coronación y orden de muerte contra el general y su familia. Así de simple. La bella Lucilla (Connie Nielsen), hermana de Comodus y ex amante de Maximus, nada puede hacer por evitarlo.
Hollywood podrá modernizarse mucho en diseño pero algunos de sus misterios subsisten: si no, no se explicaría cómo el guerrero en desgracia, inerme y debilitado, sobrevive a la carnicería en la que matan a su mujer y a su hijo y aparece más tarde, despojado de identidad y rango, como esclavo de Proximus, un «gladiator dealer» de provincias interpretado por el gran Oliver Reed (quien murió durante el rodaje y, para más desdicha, también terminó «digitalizado» post-mortem en algunas tomas).
•bjetivo
Naturalmente el ex general, ahora llamado «el español», será el más valeroso de los gladiadores y un gran negocio potencial para Proximus, quien no ve la hora de convertirse en su manager en Roma (como Tibor Rudas con Pavarotti). El Coliseo los espera, y hacia allá va Maximus pero con un objetivo distinto: volver a encontrarse cara a cara con Comodus en la batalla final, sea ésta romana o galáctica. A fin de cuentas, si «Episodio Uno - La amenaza fantasma» recreó la corrida de cuadrigas de «Ben Hur» en clave fantástica, por qué entonces no computarizar un enfrentamiento entre romanos, con arenas, gladiadores, tigres y una barra brava virtual, pero sedienta de sangre, que parece ser la única que habla en latín en toda la película cuando corea «¡Ma xi mus, Ma xi mus!».
Ridley Scott, cuyo «Alien» (el primero, el mejor) aún continúa sorprendiendo como film fantástico, quizá porque los efectos especiales de aquellos años le daban más espacio al artista que al programador, parece en este «Gladiator» excesivamente sometido a la técnica. Sigue siendo un notable director y la escena inicial, magníficamente planteada, es un ejemplo de lo que ocurre en gran parte de la película: el enfrentamiento de los ejércitos romano y bárbaro, que se miden bajo la nieve antes de entrar en combate, es estremecedor. Pero al empezar el combate parece congelarse la sangre y empezar a trabajar los programadores: ralentamiento, computarización, frialdad. Paradojas de Hollywood: es mucho más probable que, cuando en el futuro se piense en la Roma de los Césares en cine, no se recuerde tanto esta obsesiva Roma digital y se siga evocando el discurso fúnebre de Marlon Brando ante el cadáver de Julio César, mal parado, sobrador, como si estuviera mascando chicle en un muelle de Brooklyn.




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