2 de junio 2003 - 00:00

Guillermo Kuitca reina en el MALBA

Guillermo Kuitca reina en el MALBA
En el MALBA preparan la exposición de Guillermo Kuitca en un clima de euforia, como de estreno. Un inmenso telón con el nombre y el rostro del artista que cubre la fachada del edificio y se divisa desde lejos por la avenida Figueroa Alcorta, brinda una idea de la importancia que le otorga el Museo a la muestra que se inaugura el jueves.

Han pasado 17 años y varios desencuentros desde que Kuitca exhibió la serie de pinturas «Siete últimas canciones» en Buenos Aires. El joven talentoso de entonces se abrió camino en el circuito internacional y ahora regresa con una muestra de verdad, 225 obras que recorren toda su trayectoria, desde 1981 hasta las recién salidas del taller. Durante casi dos décadas fue la distancia y alguna que otra pintura vista al azar, pero ahora el gran público podrá ver sus dibujos tempranos y también sus obras más representativas, las que consolidaron su nombre entre las grandes figuras del escenario internacional y los museos del mundo.

La muestra abarca toda la superficie del museo y el trajín de es incesante. «Es la primera vez que se altera de tal modo la arquitectura», comenta el montajista Fernando Brizuela, mientras observa los enormes paneles que dividen la sala de la segunda planta. Atento a las instrucciones de Kuitca y la curadora Sonia Becce, dispone en un sitio preciso un grupo de las hoy célebres «camitas». En el lobby, y sobre la extensa pared con vista panorámica que trepa desde la planta baja hasta el segundo piso, están montando los colchones de la primera instalación de camitas, el leitmotiv del artista.

Sin perder de vista el montaje, Kuitca, nervioso y seguro de sí mismo a la vez, recorre la muestra y explica algunos de sus trabajos. Aclara que si bien es correcto asociar los espacios arquitectónicos de «La Tablada suit» a las cárceles de Piranesi o los laberintos de Borges, «no se trata de metáforas». Pero lo cierto es que los cuadros transmiten algo de ese universo ilimitado con sus infinitas adiciones.

• Contenido

La exposición se inicia con la serie «Nadie olvida nada», los pequeños cuadros con persona-jes ensimismados y solitarios que pintó en 1981. Cada serie ocupa una sala, pero están de tal modo engarzadas unas con otras, que en cada sala figura una obra que anticipa la siguiente y brinda unidad al conjunto.

Los cuadros de intenso dramatismo dominan la segunda planta, como «El mar dulce», «Si yo fuera el invierno mismo» o «Coming home», acaso una de las pinturas más poéticas de la muestra, la vista de una plano de un departamento cuyos límites, marcados con focos de luz azulada, se confunden con los de una pista de aterrizaje.

En el primer piso se encuentra la obra de los '90, más compleja y aparentemente distante, los trabajos que suscitan mayor curiosidad porque nunca se exhibieron en Argentina y ahora, finalmente, podrán ser apreciados.

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