«Hulk» («The Hulk, EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.: A. Lee Int.: E. Bana, J. Connelly, N. Nolte, S. Elliot, J. Lucas.
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Casi un cuarto de siglo atrás, las adaptaciones de comics estaban de moda. Marlon Brando cobraba millones por aparecer unos minutos junto al Superman Christopher Reeve. Y en la pantalla chica, Lou Ferrigno cobraba fama por sus breves irrupciones como Hulk, el furioso alter ego de Bill Bixby. En la Argentina de los '70, entretanto, el frágil equilibrio psicológico del reprimido científico David Banner fue uno de los mayores éxitos televisivos. «El Increible Hulk» provocó tal fenómeno de culto que, apenas hace un par de años, un grupo numeroso se preocupó en traer a Hulk/Ferrigno a nuestro país.
Si no fuera por sus comprensibles límites de historieta juvenil, el concepto hasta podría mejorar al Jekyll/Hyde de Stevenson. Ese frágil equilibrio es la mayor dificultad para convertir a Hulk en el protagonista de una película moderna. Hulk es un pobre infeliz que ni siquiera puede optar por llevar una doble vida como Batman, ni fue víctima de un simple accidente radioactivo como El hombre araña, ni es un marginado mutante como los descastados XMen. En el escalón más bajo del Olimpo del comic, Hulk es un ser patético que no solo sufrió una tragedia personal, sino también un accidente radioactivo, además de tener los genes alterados desde su nacimiento. Al sumar todo eso, reprime y niega sus traumáticas experiencias hasta generar el factor que detona todo lo demás, transformándolo en una incontinente bestia verde de pantalones cortos.
Rodeado de los mayores talentos creativos del cine fantástico de las últimas dos décadas, con un presupuesto de más de 100 millones, con buenos actores y un cronograma sin demasiada presión, Ang Lee consiguió un producto parcial. En las casi dos horas veinte de «Hulk», hay 30 minutos imperdibles, el resto es un experimento caprichoso que se divierte con cada elemento de la producción, desde el montaje a los efectos digitales, la fotografía, el guión y las actuaciones. La media hora buena es magistral, directa y minimalista. Hulk huye de la base secreta militar donde lo tienen atrapado, salta como loco por un paisaje parecido al Death Valley y destruye a gusto helicópteros y tanques del ejército estadounidense. Antes de cada combate contra los militares, Danny Elfman apoya el clima épico con una melodía árabe; como ninguna escena transcurre en Irak, este detalle podría relacionar la furia liberadora de Hulk con cierta tendencia pacifista, como cuando retuerce el cañón de un tanque hasta apuntar al soldado que lo bombardeaba. Hulk le perdona la vida, como a todos sus demás enemigos, excepto unos horribles perros mutantes enviados por su padre, el hippie pelilargo Nick Nolte.
•Represión
Esta contundente media hora sublima el tema de la represión en todas sus formas, ofreciendo exactamente lo que la audiencia espera de una megaproducción sobre Hulk. El resto del tiempo Nick Nolte da una actuación brillante e intensa, pero no muy bien integrada al conjunto. El montaje exhibe todo tipo de recursos de vanguardia -y efectos un poco gratuitos, como la constante pantalla dividida-, el talentoso director de fotografía Fred Elmes lleva al límite toda la gama de claroscuros permitida en el cine actual, y el experto en FX Denis Muren -ocho veces ganador del Oscar-elabora imágenes rarísimas que parecen salidas de un film de Ken Russell. En un momento culminante, Ang Lee enfrenta a ambos mutantes -padre e hijo-en una puesta de teatro experimental que inmediatamente evoluciona hacia la más demente imaginería de animé japonés, mientras Jennifer Connely se convence a sí misma de que es Emma Thompson y Eric Bana no logra parecer mucho más listo que su alter ego musculoso.
En fin, si un caso extremo como el de Bruce Banner puede aprender a reprimir su ira, entonces el público debería aceptar que la intensidad de «Hulk» no puede brillar mucho más de media hora.
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