1 de junio 2000 - 00:00

"HUMO SAGRADO"

L a última obra de la elogiada directora de «La lección de piano» tiene dos partes bien diferenciadas. Al comienzo, hay una joven australiana (Kate Winslet) que durante unas vacaciones en la India cae rendida ante un gurú y decide quedarse. La sorpresa, la distancia y, sobre todo, el paranoico relato de la amiga que la acompañó en el viaje, hacen que su madre opte por ir a buscarla. Aunque contado en clave claramente satírica, el pánico ante lo desconocido de esa mujer madura, de clase media, occidental, prejuiciosa y asmática, es no sólo creíble sino que brinda uno de los mejores pasajes de la película. El regreso a base de engaños de Winslet a la casa pueblerina sigue pintando con precisión la idiosincrasia de esa familia lo suficientemente bienpensante como para admitir la homosexualidad de uno de sus hijos e, incluso, darle un lugar a su pareja, pero no tanto como para permitir que una de ellos sea «captada» por una secta. Como la chica insiste en vestir su sari y no borrarse el tercer ojo de la frente, por acuerdo familiar se decide contratar a un «desprogramador» y después defender la decisión con un fanatismo del que no están exentos ni el hermano gay ni su pareja; otro dato interesante.
Cuando aparece el experto norteamericano (
Harvey Kei-tel) empieza otra película, al tiempo que se devela el verdadero tema de Jane Campion y Anna, su hermana y coguionista: una lucha de poderes masculino/femenina o, en otras palabras, sometedor/sometida. Los tres días que el hombre mayor y la chica (atención a este detalle) pasan aislados en el desierto empiezan con duelos verbales, siguen con los sexuales, para terminar con Keitel dominado en todos los campos. Entretanto, la película va perdiendo el sentido.
El personaje de
Keitel es, como todo el resto, un estereotipo (de eso sólo escapa Kate Winslet, mucho más cerca de «Criaturas celestiales» que de «Titanic»; notable hasta en el manejo de su voluptuoso cuerpo), con la diferencia en su contra de que más de una vez el guión lo pone al borde del ridículo. Al respecto, es de reconocer su entrega a la mujer que ya lo dirigió en «La lección de piano».
Si ideológicamente el asunto se va tornando contradictorio, en simultáneo con el delirio algo anacrónico que adquiere la esté-tica del film, el desenlace directamente no se entiende. Con perdón de la referencia ajedrecística, se diría que luego de marcar un claro perdedor, esta película termina forzando tablas.

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