«Límite vertical» («Vertical limit», EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: M. Campbell. Int.: C. O'Donnell, B. Paxton, R. Tunney, S. Glenn. S/R.
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Uno de los momentos culminantes de «Límite vertical» tiene lugar a mitad de la proyección. En un sólido despliegue de acción y suspenso, el director Martin Campbell elabora un intenso montaje paralelo entre las desventuras de una pareja de alpinistas que salta grietas en el interior de una caverna, mientras otros cuelgan de una pendiente con un bolso lleno de nitroglicerina.
Ese único acto por sí solo justifica la visión de una película que en su primera mitad, gracias a esta clase de secuencias, promete ser un gran ejemplo moderno del más tradicional cine de aventuras. Lástima que el guión no logra resolver del todo su atractiva premisa.
Si un argumento con un tono tan serio, por momentos melodramático, como el de «Límite vertical» se atreve a proponer una idea tan delirante como hacer que un grupo de alpinistas suba al peligrosísimo pico K2, debería al menos intentar un desarrollo y un desenlace más o menos verosímil (aunque sea para respetar la memoria de Ives Montand, Henri Clouzot y «El salario del miedo»). Pero en este film, el más profesional de los alpinistas puede dejar apoyada su carga de nitroglicerina en cualquier lado o estar orgulloso de aniquilar estúpidamente a casi todos sus colegas. «Límite vertical» cuenta el rescate de un grupo de alpinistas de una frustrada expedición al K2 por parte del hermano de uno de los sobrevivientes. El tiempo es escaso porque las personas que hay que salvar se están congelando rápidamente en el interior de una gruta (la nitroglicerina es para volar las rocas de entrada al lugar).
Inexpresivo
Si bien cada línea de diálogo del inexpresivo Chris O'Donnell congela la acción de la película a temperaturas bajo cero, Campbell siempre tiene a mano un precipicio, una explosión o una caída lista para desentumecer al público. Por eso, aunque desparejo en intensidad y poco riguroso en lo dramático, el film siempre ofrece algún giro vertiginoso, filmado con imaginación y uso discreto de los efectos especiales de última generación. Además, un muy caracterizado Scott Glenn se roba cada una de sus escenas interpretando a un veterano alpinista de pasado tortuoso.
De todos modos, al final, se tiene una fuerte sensación de que la película daba para mucho más.
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