Incisivo Frears explora un drama de inmigrantes

Espectáculos

«Negocios entrañables» (Dirty Pretty Things, G. Bretaña, 2002, habl. en inglés). Dir.: S. Frears. Guión: S. Knight. Int.: Ch. Eijofor, A. Tautou, S. Lopez, S. Okonedo y otros.

U n hotel es un lugar de paso. También Londres es un lugar de paso (de regreso al hogar, o camino a la soñada Norteamérica) para ciertos personajes del efectista Stephen Frears, que aquí vemos. Otros quieren quedarse. Como sea, el problema es la falta de un trabajo estable, y a veces también la falta de documentos en regla para conseguir dicho trabajo. Sin plata, y algunos hasta con un nombre prestado, la vida continúa. Y da sorpresas.

Todo empieza cuando el conserje nigeriano de un hotel (donde, coherentemente, trabaja en negro) descubre los rebusques más pavorosos del administrador español. El africano, un tipo con estudios, con sus principios morales, pero caído en desgracia, no quiere ser cómplice de semejantes cosas. El otro en cambio, se está convirtiendo en un grasa con plata que se da la gran vida, y a veces lo tienta, y otras lo amenaza. El negocio, poquita cosa, es la venta de documentos a cambio de riñones y menudencias similares.

•Tautou

Para complicarlo, entre medio hay una muchacha de origen turco, bastante bonita. La encarna Audrey Tautou, escondiendo su carita de «Amelie» tras el desconfiado rostro de musulmana en aprietos (entre ellos, el de vivir a escondidas con el negro). Del protagonista, Chewetel Eijofor, poco sabemos, y a juzgar por su actuación se lo podría ver mas seguido. Lo mismo, Sophie Okonedo, en el papel de prostituta estable, y el gordo que interpreta al dueño de una fabrica textil con todo el personal en negro. Igualmente, la atracción de la noche es el catalán Sergi López, que, peinado a lo Valentino, hace, precisamente, el papel del malo de la película. Canchero, atorrante, vividor, menos mal que hace de español, y no de argentino.

Ellos y otros personajes laterales, todos de distinto origen porque según parece en Londres lo que menos hay son londinenses, componen un relato entretenido, aunque algo asqueroso, que al mismo tiempo es casi una parábola sobre el otro lado de la globalización. Y que tiene una resolución llena de justicia (cinematográfica), bastante inverosímil, pero divertida. El final se estira un poco y se vuelve medio lloroso, pero en conjunto se trata de un buen reencuentro con el
Frears de los comienzos, con un título local bien puesto, de irónico doble sentido, y, si se quiere, también con una guía no autorizada para quienes piensen reducir costos en algún viaje a Londres.

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