• «Aída», ópera de Giuseppe Verdi. Con V. Golob, M.L. Mirabelli, C. Duarte, R. Ortale, M. Boluña, C. De Marco, A. Gómez y E. Ferraro. Regie: E.F. Casullo. Dir. coro: R. Barrera. Dir. orq.: R. Rosa. (Manufactura Papelera. Org.: Opera del Buen Ayre).
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Al llegar a la Manufactura Papelera ( Bolívar 1582), la primera impresión es la exposición de cinco artistas argentinas (Benguria, Burton, Carletti, Dowek y Vega) que han titulado «Ay, patria mia», pero sin referencia a la línea homónima de la ópera sino a la frase pronunciada por Mariano Moreno ante de su envenenamiento en 1811, agobiado por la situación del país en aquel momento.
Se caminan luego unos metros en penumbra, y entonces unos jóvenes egipcios acomodan al público en U en la plana de orquesta, y en O en la planta alta. No hay escenografía, y las paredes desnudas, los ladrillos a la vista y la iluminación cálida dan la sensación de estar profanando un templo egipcio.
Durante la representación, la abundancia de corales que dejó Verdi se despliega en varios planos sonoros, así el oyente recibe el canto en la nuca, o enfrentado, o le llueve desde lo alto. Los personajes se mueven con naturalidad haciendo abstracción del público; buena resolución del inquieto hombre de teatro Eduardo F. Casullo.
Esta cercanía con cantantes y orquesta, que se presiente detrás de un paño amarillo, logra que en esta «Aída» el espectador se concentre en el drama y en los aspectos líricos y no en la espectacularidad habitual. También es participativa, puesto que cada vez que aparece el rey, los cortesanos egipcios obligan imperativamente a que el público se ponga de pie, y como esto sucede a cada rato, no hay peligro de acalambrarse. Poco antes de llegar los prisioneros etíopes, generosas egipcias ofrecen pan y frutas a los asistentes. Muchos lo aceptaron agradecidos.
La soprano Vera Golob, en el protagónico, tiene una voz muy bien timbrada y dramáticamente convincente. María Luján Mirabelli compuso una Amneris un tanto crispada, y Carlos Duarte un Radamés de honda expresión. Ricardo Ortale encarnó un Amonasro dentro de la gran tradición; correcto el resto del elenco.
Es penoso que la orquesta no hubiera rendido lo esperado: un sonido anémico invitaba a aceptar que estábamos ante una «Aída» de cámara, pero a poco que observáramos al director Ronaldo Rosa (tanto corporalmente como en televisores de circuito cerrado) comprendimos que era difícil para los músicos tener su «entrada» precisa. Un rostro grave y soñador, una cabellera que se acomoda cada cinco compases, una mano izquierda con gestos dramáticos y una batuta manejada como un remo no alcanzan para dar una versión ajustada.
La primera representación contó con un público calificado entre los que se contaban la célebre soprano Adelaida Negri, el especialista Carlos Pemberton, el literato Francisco Roca Zalba ofreciendo su tratado sobre la Aída histórica, y el cuerpo diplomático de Egipto.
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