15 de octubre 2003 - 00:00
JAVIER PORTALES UNIÓ COMO POCOS LO POPULAR CON EL GRAN TEATRO
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Portales, cuyos personajes caían generalmente engañados, o resignados, trabajó en unas 70 películas, cientos de piezas teatrales y decenas de programas radiales y televisivos, casi siempre en papeles secundarios. «Prefiero ser un buen segundo que un mal primero», decía.
En teatro, sus interpretaciones de «Adriano VII» (con Pepe Soriano, en el San Martín), «Divinas palabras» (con María Casares, puesta de Jorge Lavelli), y varias piezas de Brecht, Cossa, Gogol, Shakespeare, Michel de Ghelderode, Lope de Vega, y, por qué no, Ivo Pelay. Amaba el grotesco y el costumbrismo del teatro criollo, y supo difundirlo, incluso como director, como también difundió buenas comedias comerciales españolas, y abundó, a veces demasiado, en el teatro de revistas.
De todo lo que hizo en este último género, de brillo tan fugaz y vapuleado, los conocedores remarcan un número: el monólogo del honesto ciudadano que ve transcurrir la historia del país desde sucesivos encarcelamientos. Se lo escribió Carlos A. Petit, para la temporada 1983 del Astros, y bien valdría la pena rescatarlo, como debería rescatarse la carta que la mismísima Victoria Ocampo le envió en 1970, elogiando su personalidad.
En cine, además del guión de «La sartén...», se recuerdan sus personajes para tantas comedias picarescas y familiares, y especialmente sus apariciones en «Un toque diferente», «El caso Matías», y «¿Qué es el otoño?», y el magistral capomafia de «Chorros», de Jorge Coscia y Guillermo Saura.
En 1992, un simple resbalón en la pileta de su quinta de Francisco Alvarez le provocó una doble hernia de disco. Ahí empezaron sus males, agraviados por una hemorragia digestiva en 1995, y por crónicos antecedentes de hipertensión y diabetes. Pese a todo, siguió trabajando. En 1999 hizo music-hall con Santiago Bal («¡Se vino el 2000!»), y grabó el piloto de una sátira, «¡Qué país generoso!», con libros de Daniel Diconza y participaciones de Roberto Carnaghi (Tarasconi), Rodolfo Ranni ( diputado Juan Domingo Equino), y Monica Guido. Pero ningún directivo quiso sacarlo al aire.
En 2000 y 2001 dirigió «Jettatore», primero con Alfonso de Grazia, y luego -a la muerte de éste-con Roberto Mosca. Ya por entonces en silla de ruedas, empezó a recibir los homenajes que se merecía, entre ellos el Premio Podestá a la trayectoria teatral, y el de hijo ilustre de su pueblo natal. El fallecido actor deja dos hijos, Javier y Daniel, y una esposa, Leonor Delia Novoa, su compañera desde 1969. Argentino típico, solía decir que la conoció en una fiambrería, rematando, con su habitual cara de frustrado, «Te das cuenta, todo en mi vida es prosaico». Sus restos se inhumarán hoy a las 11 en el Panteón de Actores de Chacarita.



