15 de octubre 2003 - 00:00

JAVIER PORTALES UNIÓ COMO POCOS LO POPULAR CON EL GRAN TEATRO

Portales, uno de los gordos más queridosdel espectáculo argentino, murió ayer a la tarde en el sanatorio Climédica de un paro cardiorrespiratorio, producto de una descompensación en sus valores de diabetes. Tenía 66 años y su salud ya estaba muy deteriorada desde hacía varios años.

Portales
, cuyos personajes caían generalmente engañados, o resignados, trabajó en unas 70 películas, cientos de piezas teatrales y decenas de programas radiales y televisivos, casi siempre en papeles secundarios. «Prefiero ser un buen segundo que un mal primero», decía.

Y efectivamente, fue un segundo de primera: inolvidable cliente de la peluquería de Fidel Pintos, e irreemplazable partenaire de Alberto Olmedo, desde el lejano esquicio de los guapos Piolín y Portones hasta las antológicas improvisaciones en vivo y en directo de Borges y Alvarez hablando sobre los grandes teóricos de la enseñanza teatral, como Stanislavski, justo ellos que debieron formarse a los ponchazos.

Curiosamente, no era porteño, ni rosarino, como muchos creían, sino cordobés. Nació el 21 de abril de 1937, en Tancacha, cerca de Rio Tercero, bajo el nombre de Miguel Angel Alvarez. Su padre le soñó un destino de artista pero no llegó a verlo. Murió joven. En 1946, con la madre, enfermera, y un hermano mayor, se mudó a Rosario.

A los 13 años entró a trabajar en una receptoría, donde una actriz local se prendó de su voz y lo hizo incorporar al elenco de LT8 Radio Cerealista. Debutó como el hermanito asesinado por la cuñada, en una exitosa adaptación del melodrama hollywoodense «Que el cielo la juzgue». Portales recordaría siempre a esa actriz, Erika de Boero, y al poeta José Eduardo Seri, que le dio su nombre artístico, «como un llamado a las puertas de la gloria».

Ilusionado, el muchacho bajó a Buenos Aires. A los 17, era animador de una boite, La Cigalle. Así conoció a Dringue Farías, que en 1955 lo llevó al Maipo, «y ese mismo día me acompañó a comprar ropa». En 1957 ya era libretista de radio y TV (el teleteatro policial «Distrito Norte»), y debutaba en cine: «Una cita con la vida», seguido de «Quinto año nacional», que también haría en versión televisiva. El resto, ya es más conocido.

Valga recordar, en televisión, sus personajes de «Polémica en el bar», «Operación Ja Ja», «No toca botón», «Mesa de noticias», «Sonrisas Once», «Son de diez», y también su temprana labor como libretista y adaptador de « Teatro para sonreír» y «Cuentos para mayores» (dirección, Narciso Ibañez Serrador), y el especial «La sartén por el mango», luego llevado al cine y el teatro, y prohibido en 1980.

En teatro, sus interpretaciones de
«Adriano VII» (con Pepe Soriano, en el San Martín), «Divinas palabras» (con María Casares, puesta de Jorge Lavelli), y varias piezas de Brecht, Cossa, Gogol, Shakespeare, Michel de Ghelderode, Lope de Vega, y, por qué no, Ivo Pelay. Amaba el grotesco y el costumbrismo del teatro criollo, y supo difundirlo, incluso como director, como también difundió buenas comedias comerciales españolas, y abundó, a veces demasiado, en el teatro de revistas.

De todo lo que hizo en este último género, de brillo tan fugaz y vapuleado, los conocedores remarcan un número: el monólogo del honesto ciudadano que ve transcurrir la historia del país desde sucesivos encarcelamientos. Se lo escribió
Carlos A. Petit, para la temporada 1983 del Astros, y bien valdría la pena rescatarlo, como debería rescatarse la carta que la mismísima Victoria Ocampo le envió en 1970, elogiando su personalidad.

En cine, además del guión de
«La sartén...», se recuerdan sus personajes para tantas comedias picarescas y familiares, y especialmente sus apariciones en «Un toque diferente», «El caso Matías», y «¿Qué es el otoño?», y el magistral capomafia de «Chorros», de Jorge Coscia y Guillermo Saura.

En 1992, un simple resbalón en la pileta de su quinta de Francisco Alvarez le provocó una doble hernia de disco. Ahí empezaron sus males, agraviados por una hemorragia digestiva en 1995, y por crónicos antecedentes de hipertensión y diabetes. Pese a todo, siguió trabajando. En 1999 hizo music-hall con
Santiago Bal («¡Se vino el 2000!»), y grabó el piloto de una sátira, «¡Qué país generoso!», con libros de Daniel Diconza y participaciones de Roberto Carnaghi (Tarasconi), Rodolfo Ranni ( diputado Juan Domingo Equino), y Monica Guido. Pero ningún directivo quiso sacarlo al aire.

En 2000 y 2001 dirigió
«Jettatore», primero con Alfonso de Grazia, y luego -a la muerte de éste-con Roberto Mosca. Ya por entonces en silla de ruedas, empezó a recibir los homenajes que se merecía, entre ellos el Premio Podestá a la trayectoria teatral, y el de hijo ilustre de su pueblo natal. El fallecido actor deja dos hijos, Javier y Daniel, y una esposa, Leonor Delia Novoa, su compañera desde 1969. Argentino típico, solía decir que la conoció en una fiambrería, rematando, con su habitual cara de frustrado, «Te das cuenta, todo en mi vida es prosaico». Sus restos se inhumarán hoy a las 11 en el Panteón de Actores de Chacarita.

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