Mayo de1961. Por primera vez, dos películas habladas en español ganan los premios máximos del Festival de Cannes. Ambas, filmadas y enviadas con harto riesgo, y ambas protagonizadas por Paco Rabal: “Viridiana”, de Luis Buñuel, y “La mano en la trampa”, de Leopoldo Torre Nilsson. Las alternativas de ese hecho histórico inspiran la nueva novela de su hijo Javier Torre, “La gloria” (Corregidor), en la que, según dice, junto a los datos reales “me permití utilizar fragmentos del mito, de la ilusión y también de las emociones”. Dialogamos con él.
Javier Torre: en el nombre del padre y del maestro
Partiendo del premio en Cannes a "La mano en la trampa" (1961), la novela en "La gloria" no sólo evoca al señero director Leopoldo Torre Nilsson, sino una etapa de la vida cultural en el país.
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Javier Torre. En “La gloria”, evoca a su padre, Leopoldo Torrre Nilsson.
Periodista: Primero, una pregunta frívola: ¿de veras el hipódromo de Cagnes-sur-Mer, vecino a Cannes, dedicó una placa de homenaje a su padre, por haber ganado las ocho carreras de una tarde? ¿Estará todavía esa placa?
Javier Torre: Estando en San Sebastián, Monsieur Bage, que había sido el distribuidor de “La casa del ángel” en Francia, tuvo la delicadeza de invitarme a cenar al célebre restaurant Arzak, y allí me contó esa y otras anécdotas maravillosas. Fui varias veces a Cannes, conozco los pueblos de alrededor, pero nunca entré a ver esa placa por una sencilla razón: mi padre perdió fortunas en los hipódromos de todo el mundo. Aun hoy, cuando paso frente al de Palermo, puedo ver exactamente el lugar de la tribuna oficial donde él se ubicaba y me estremece. Por lo demás le agrego otro dato interesante: mi padre también acertó todas las carreras en el Hipódromo de Karlovy Vary, República Checa, y parece que también allí fue ovacionado por la concurrencia.
P.: Es un capítulo muy lindo.
J.T: A lo largo del tiempo mucha gente me decía que tenía que contar esas historias, hasta que descubrí el punto de partida: el triunfo de “Viridiana” y “La mano en la trampa”, del que en mayo se cumplen 60 años. Ese fue entonces el punto de partida. Si bien está “El gran Babsy”, el libro excelente de Mónica Martin, y de Buñuel está su maravillosa autobiografía “Mi último suspiro”, pude ir encontrando con mucha curiosidad más historias fascinantes, episodios de aquella época cuando la Argentina era un país culto y prospero.
P.: ¿Cómo fue siguiendo allá en 1961 las noticias que venían de Cannes, de aquellas jornadas históricas para el cine hispanohablante, como usted. bien recalca?
J.T.: Yo era niño. Las noticias de Europa llegaban a cuentagotas y las cartas demoraban 15 ó 20 días en llegar. Los llamados de teléfonos tenían largas demoras y a veces no se concretaban, había muchas interferencias y siempre la sensación de una operadora escuchando lo que uno hablaba. Por lo demás, mi padre era un hombre tímido, muy reservado para mostrar sus afectos.
P.: Pero los llevaba a la cancha.
J.T.: Efectivamente, íbamos mucho, en particular a La Plata, a ver a Estudiantes. Luego al cine Real, a ver dibujos y cortos de Laurel y Hardy, Chaplin y Buster Keaton, que mi padre adoraba y nos inculcaba. Ya adolescente, solo se hablaba de cine. Lo viví como un privilegio maravilloso. Aquellos almuerzos de los domingos en La Cabaña eran para escuchar a mi padre hablar de cine. Fue la época de mayor éxito comercial en su carrera. Con “Martín Fierro” y más aun “El Santo de la espada” las colas en la calle Lavalle daban vuelta a la manzana en todas las funciones, él ganó verdaderas fortunas (7 millones de dólares de esa época, según me calculó una vez el productor Héctor Olivera). Empecé a estudiar Letras, a trabajar como pizarrero (una pesadilla) y vivir una doble vida. A mi madre no podía contarle que mi padre me prestaba su Mercedes Benz para salir con chicas. A la Facultad iba en colectivo y no contaba que veraneábamos en el Chateau Frontenac o en una casa que mi padre compró en Punta del Este y que años más tarde entregó para pagar deudas con el Laboratorio Alex. Aquel mundo ya no existe. Nuestro país quedó sumergido en la pobreza, algo que parecía inimaginable, que los personajes de la novela no pueden prever ni imaginar.
P.: Es muy interesante la descripción que usted hace de su madre, y de Beatriz Guido.
J.T.: Mi madre fue una mujer muy especial, alejada de la vida pública, que rechazaba. Era muy católica, creía y nos inculcaba la resurrección de los muertos, los mandamientos de la Iglesia. Era amante de la pintura y de la música, amaba a su familia y los valores tradicionales, como de alguna manera también me pasa ahora a mí. Era muy joven cuando yo era un niño, y muy atractiva, pero rechazaba a cualquier hombre que la pretendiera. Un dato curioso: me sorprendió cuando en 1973 votó a Cámpora. Se había vuelto progresista. De todas maneras separarse en los años 50 significó una tragedia en la familia. También me sucedió que mientras vivieron mi madre y Beatriz Guido yo no quise escribir sobre ellas por delicadeza, por no provocarles algún dolor. Las dos quisieron mucho a mi padre, y a su vez mi padre fue muy generoso y respetuoso con ellas, muy bueno, muy culposo también. Aun en momentos muy difíciles que vivimos siempre hubo una protección y un diálogo especial, a media voz para que los niños no escucháramos demasiado. La novela, por lo demás, busca lograr ese tono, y puede leerse como una novela de amor.
P.: De amores, de época, y de intrigas.
J.T.: También es interesante, contradictorio y pintoresco recordar que tanto mi padre como mi madre leían la revista católica “Criterio”. Me gustaba verlos coincidir al menos en eso. Por otro lado en “La Gloria” también están las historias de amor de Buñuel y su mujer, y de la actriz mexicana Silvia Pinal y su marido, tan de esa época. Y está la intriga: ¿quién robo las cartas entre mi padre y Beatriz? ¿Dónde se fueron su biblioteca y aquellos muebles fabulosos? ¿Es cierto que el departamento que él compró para nosotros en calle O’Higgins se lo quedó la hija de un conocido, mediante un engaño? ¿Dónde están los negativos de las películas?¿Y la foto de mi padre con Fellini? Todas esas son intrigas que plantea la novela y que mis padres no previeron. Lo trato de una manera muy sutil, como con elegancia frente al horror.




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