10 de diciembre 2000 - 00:00

Jean Baudrillard contra la globalización en la Bienal

Obra de Pablo Siquier.
Obra de Pablo Siquier.
Aunque acotada por la difícil situación económica que atraviesa el país, Buenos Aires ya tiene su primera Bienal de Arte que convoca a 160 artistas y 30 críticos de 18 países del mundo. Abrió sus puertas el miércoles pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes y quedará abierta al público hasta el 31 de enero de 2001, extendiéndose a sitios como la Fundación Klemm, que alberga el envío de Dinamarca.

Además de mostrar las tendencias dominantes del circuito internacional, la Bienal puede contribuir a la inserción de los artistas argentinos en este medio, al menos, de los elegidos que fueron invitados a participar en ella. En la selección se advierte un claro predominio de los sesentistas, y las obras más significativas hablan a las claras de la actual situación del país, como «Bañado en un mar de lágrimas» de Pablo Suárez o «Reflexiones con texto y fuera de contexto» de Luis Felipe Noé, que insiste en la representación del caos.

Teniendo en cuenta que el tema de los coloquios es la «Globalización de la cultura urbana», la instalación de Clorindo Testa, que domina la sala 30, refleja los cambios que ésta provocó en Buenos Aires. Testa advierte en un cartel que la obra realizada en madera, cartón y pintura blanca está inspirada en Puerto Nuevo, ciudad que conoció en 1931. Pero, en realidad, es una sensible referencia a la ciudad degradada, a los que envueltos en cartones viven, comen y duermen hoy en la calle.

Nicolás García Uriburu
, sin abandonar sus coloridos juegos acuáticos, presentó su obra más jugada. Concretamente, se trata de una instalación que no renuncia a la estética, pero denuncia la polución: en letras rojas figuran los nombres de los productos químicos venenosos y en letras negras los de las fábricas que los producen.

La obra de Pablo Siquier es otra expresión del drama urbano. En el purismo geométrico de su ciudad se adivina la nostalgia por la arquitectura déco, se reiteran los núcleos cerrados, los nudos sin salida que, sin embargo, ceden ante un estallido que rompe el rigor constructivo.

Luego, si bien la Bienal es pequeña, hay mucho para ver, sobre todo, fotografías de excelencia y una instalación del estadounidense Joseph Kosuth, mentor del conceptualismo, que en una sala de color azul intenso despliega « Un comentario gramatical», poética obra basada en una frase de « Rayuela» donde Cortázar acentúa los aspectos visuales del texto.

Darío Lopérfido
inauguró la Bienal que está auspiciada por la Secretaría de Cultura y Comunicación y, luego de destacar la «estrechez económica» que signó esta iniciativa y cómo se puede «suplir el dinero con talento e inteligencia», anunció que el proyecto de ley de Mecenazgo será tratado en las sesiones extraordinarias del Parlamento. «La próxima Bienal va a ser mejor», auguró, coincidiendo con el espíritu de los que piensan que, aun con sus carencias, es importante esta iniciativa.

Finalmente, en el auditorio colmado y con más de una hora de atraso, se inició la exposición del pensador francés de la posmodernidad Jean Baudrillard, que tiene sus seguidores en la Argentina. Fue un alegato contra la globalización o, para usar su propio término, la «mundialización» de la cultura que ha alcanzado su «grado cero» y corre el riesgo de desaparecer.

Para Baudrillard no puede haber una cultura global, dado que su condición esencial es la de existir en determinado tiempo y en un lugar en especial con los valores y las singularidades propias de ese lugar. «Su ampliación significa la muerte», explica, y señala la gravedad de expandir la cultura, debido al poder disolvente y homogeneizante de la mundialización, que hace tabla rasa con las diferencias y la identidad cultural. «Ha llegado la cuarta Guerra Mundial a la cultura -advierte-. Como el jueves negro de 1929 de Wall Street, podemos hablar ahora de domingo negro de la cultura».

La metáfora puede no ser casual: en su discurso observa que si bien el mundo entero y no sólo EE.UU. es el lugar de la mundialización, «Norteamérica está en todas partes y en cada uno de nosotros, todos somos, en parte, americanos. Nos quieren hacer creer que la demanda cultural es mayor que la oferta, pero los individuos ya no tienen tiempo de consumir lo que les ofrecen».

La consecuencia de la sobreoferta es la alienación cultural de los individuos. La cultura se convierte en un bien transable sujeto a la especulación. El producto cultural se hace efímero, pero no como traducción de lo efímero de la vida, sino como adaptación al mercado donde los bienes son efímeros en el sentido de su materialidad que se degrada.

El problema no es tanto que las obras de arte y los valores estéticos adquieran valor comercial, sino que al revés, el precio, el dinero y la especulación consiguieron status estético, se convirtieron en «en fuente de juicio, placer y fascinación estética». Sin embargo, anuncia que todavía existe la posibilidad de oponer la «diferencia» cultural a la homogeneización mundializante. En palabras poéticas, resalta las bellezas y singularidades de la ciudad de Estambul, que compara con las más bellas ciudades del mundo, como Roma, Venecia, Lisboa y Rio de Janeiro, y destaca su «cultura como destino», su resistencia contra el «estándar universal» de la «cultura design».

Para Baudrillard, sólo la reivindicación de la cultura con sus particularidades locales puede llegar a salvarla de la indiferenciación a que la destina el avasallante proceso global. Y su despedida sonó como la expresión de un deseo: «Espero que esta Bienal aporte precisamente algo de singularidad».

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