Ian
Anderson,
líder de
Jethro Tull.
Un concierto
que convocó
hasta
abuelos con
sus nietos
Actuación de Jethro Tull. Con Ian Anderson (flauta, armónica, guitarra, voz), Martin Barre ( guitarra), John O'Hara (teclados, acordeón), David Goodier (bajo), Doane Perry (batería) y Ann Marie Calhoun ( violín). (Luna Park, 20 de abril).
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Seguro que demasiado joven para morir, pero el compositor y flautista escocés Ian Anderson no parece, para nada, estar demasiado viejo para el rock and roll. Al menos, para un estilo rockero -que nunca fue «joven» en la concepción más marketinera del término- que impuso en la década del '60 y que conserva toda su vitalidad.
Lo de Anderson -a través de una marca que bautizó Jethro Tull y que ha utilizado para diversos proyectos- es una mezcla de rock, blues y música clásica. Y el sonido camarístico se conserva aún cuando utilice en su grupo algunos elementos electrónicos. En un concierto impecable, especialmente apto para viejos fans que, en este caso, colmaron el Luna Park acompañados por sus hijos y hasta sus nietos, hubo mucho lugar para la nostalgia.
Desde el arranque, con el blues country «Someday the Sun won't Shine for You» -de su primer álbum, «This Was» de 1968- en versión de armónica y guitarra, quedó claro que habría mucho tema del pasado. Así, a lo largo del concierto desfilarían clásicos como «Locomotive Breath», «Budapest», «Bourée», «Living in the Past», «Thick As a Brick», «Aqualung» y «My God» -o el tradicional «Bluegrass in the Backwoods»-.
Y sólo habría espacio para unas pocas novedades, como «The Donkey and the Drunk». Esta formación de Jethro Tull versión 2007 -en la que pervive su viejo compañero de ruta, el guitarrista Martin «Lancelot» Barre- es de una precisión incuestionable. Todo está perfectamente estudiado y organizado. Los arreglos -muchos de ellos diferentes a los originales- tienen un puntal en la guitarra de Barre pero también en la orquestación que apunta siempre al contrapunto y al barroquismo; y claro, en el virtuosismo de los músicos.
Los dúos de flauta y violín -con la muy eficaz Ann Marie Calhoun- son brillantes. Y la voz de Anderson, aunque menos potente que en otros tiempos, entrega la cuota de dramatismo necesaria.
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