«Orquesta Filarmónica de San Petersburgo». Dir.: Y. Temirkanov. Solista: N.Demidenko (piano). Obras de: Mussorgsky, Prokofiev, Shostakovich y Rachmaninoff. (23 y 24/8, Teatro Colón. Org.: Mozarteum Argentino).
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Se produjo finalmente el debut en Buenos Aires de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, con su centenar de músicos y el célebre director Yuri Temirkanov. Se trata del conjunto sinfónico más antiguo de Rusia, creado en 1882 como «Capilla Real de la Corte de San Petersburgo»; después de la Revolución de 1917 se estatizó y siguió funcionando como Filarmónica de Leningrado y en 1991 recibe su nombre actual. Llegó a su grado de excelencia en la era Mravinsky, que estuvo al frente durante 50 años, siendo reemplazado a su muerte por el actual director.
La ubicación en el escenario rompe la convención del orgánico tradicional, por lo tanto la sonoridad de esta orquesta es absolutamente personal, afortunadamente se prodigaron con las más interesantes partituras del repertorio ruso y un concierto de piano cada noche. El compromiso solista lo asumió con toda su autoridad Nikolai Demidenko, uno de los alumnos notables de Dimitri Bashkirov; un pianista absolutamente dotado y un prodigio en el dominio de la técnica.
En el temido Concierto N° 3 Op.30 de Serguei Rachmaninoff su agilidad y virtuosismo son méritos indiscutibles, y hubiera sido perfecto con un poco de lirismo en los bellísimos Interludios y Cadenzas. Lo encontramos más cómodo y seguro en el Concierto N° 2 Op. 16 que Serguei Prokofiev, reconstruyó en 1923, con todos sus aportes novedosos y exigencias para las modernas técnicas de interpretación.
Fue entusiasmante la versión de la Quinta Sinfonía de Dimitri Shostakovich, sólidamente armada y reveladora de la disciplina que impera en el organismo, puesto que resulta difícil afirmar qué sector es mejor que el otro, aunque es justo resaltar la afinación y «fiato» de los instrumentistas de metal. Ubicamos al argentino Mariano Rey entre los rusos; hizo una suplencia en la magistral interpretación de «Cuadros de una Exposición», de Modesto Moussorgsky. Desde aquella vez que la dirigió aquí Sergiu Celibidache no habíamos escuchado una ejecución tan fascinante ni tan cercana al ideal en punto a carácter, atmósfera y evocación del espíritu que emana de cada cuadro y su significante, así como el aspecto emocional en cada «Promenade» alejada del carácter marcial que suelen darle otros directores.
Una orquestación del «Tango» de Albéniz fue la muestra de simpatía de los músicos a los anfitriones; y será difícil de olvidar la consistencia dramática con que impregnaron el «pas de deux» del Cascanueces de Tchaicovsky, obra con la que la estupenda orquesta y el legendario director se despidieron, quién sabe hasta cuándo.
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