17 de marzo 2004 - 00:00
Ken Russell: "La censura sumó más gente a mi cine"
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Ken Russell
Ken Russell: Hace como veinte años que no nos veíamos, pero hará unos ocho nuevamente nos pusimos en contacto.
Mercedes Quadros: Un contacto epistolar muy intenso, porque a veces en las cartas uno se vuelca más que en las conversaciones. Hasta que hace dos años, cuando se casó de nuevo, sentí que debía dejarlo concentrarse en su nueva vida.
K.R.: Tras «Amelia...» quise hacer con ella «Bernardette», sobre el milagro de Lourdes. Pero después decidí encarar el tema como un documental, con algo de sátira al comercio religioso, mucha música, y mínimos comentarios. Benjamin Britten me autorizó a usar su música, toda la que quisiera, por nada. Ahí empecé mi relación de cine y música, aunque sus efectos ya los conocía desde niño.
P.: La historia del chico que pasaba películas en el garage.
K.R.: Durante la guerra, y cobraba una entrada que apenas terminaba la función yo mismo llevaba a un fondo patriótico. Lo irónico es que peleábamos contra Alemania y yo pasaba películas mudas alemanas, como los policiales del doctor Mabuse. Con una mano giraba la manivela del proyector, y con la otra hacía andar un disco de Grieg, vuelta y vuelta. El mayor éxito era «Metrópolis».
P.: ¿Y que pasó con su película sobre Lourdes?
K.R.: Gustó. Justo la BBC empezaba un programa de arte y literatura, «Monitor», con films para televisión de John Schlesinger, pero él ya quería dedicarse al cine, y entonces pensé «yo puedo hacer ese tipo de películas».
K.R.: Me dieron una oportunidad. Elegí al poeta John Becham, lo tuve recitando sus propias poesías sobre Londres, con mucha suerte, porque cada una era un corto en sí misma. Eso gustó mucho, me pidieron algo más, que también gustó, me volvieron a pedir, y así sucesivamente durante diez años, haciendo trabajos sobre escritores y músicos. Mi primer gran éxito fue un film en blanco y negro sobre la importancia del paisaje en la vida y obra de Elgar, nuestro más grande compositor, con su música siempre inspirada en las colinas de Morvern, en la frontera con Gales. Hace 18 meses pude hacer una remake en colores y estéreo, «Elgar: fantasía de un compositor en bicicleta». Oportunidad para escuchar una música divina, y ver a mi esposa Lisi Tribble, aquí presente, como la señora Elgar.
P.: Decía que estuvo diez años en la BBC.
K.R.: Cada vez con más riesgo artístico, hasta que hice «La danza de los siete velos», una sátira sobre la complicidad de Richard Strauss con el nazismo, y les pareció demasiado. Por doce años no volvieron a llamarme. Sin embargo, simplemente puse sus propias palabras, cuando propuso matar a los críticos judíos, o se dedicó a sí mismo «Una vida de héroe», diciendo «¿Acaso no soy tan grande como Alejandro Magno»? Fue un film político. No fui más adelante al retomar el personaje en «Lisztomanía».
P.: A esa altura también estaba trabajando para el cine: «Una playa con mostaza», «El cerebro de un billón de dólares»...
K.R.: También había hecho «Retrato de un Don Nadie», con la cámara quieta, al aire libre, acompañando la lectura del diario de un empleado de banco de la época victoriana, un poco snob, que se cree más importante de lo que es, contando la historia de su familia, del hijo que lo defrauda un poco, y cada tanto pasan sus amigos llegando y yéndose, y el primero siempre se va, y el otro siempre llega. Y a mí me llegó la fama, con «Mujeres apasionadas».
P.: La primera que aquí tuvo problemas de censura.
K.B.: Lo sabía, pero fue aquí y en muchas partes. Le cortaban la escena donde dos hombres luchan desnudos, y luego se los ve tirados en el suelo, jadeando uno junto al otro. ¡Queda peor, porque la gente piensa que hubo un acto de sodomía! Con este tipo de situaciones, cada vez más gente iba a ver mis películas. Sé que también prohibieron «Los demonios», lo que me parece increíble. Una película que recomiendan los jesuitas de la Chicago University. Hace poco, en un panel televisivo mostraron específicamente la escena donde las monjas se pasan un crucifijo por sus cuerpos desnudos. Son hechos reales.
P.: Para entonces, había dejado el catolicismo.
K.R.: Una vez católico, uno sigue siendo católico. No tengo elección. Esas cosas las cuento en mi autobiografía, que los norteamericanos rebautizaron «Estados alterados».
P.: ¿Cuál es el título original?
K.R.: «A British Picture», como la película que también hice contando mi vida, y donde participan algunos de mis ocho hijos (ventajas del catolicismo). Es que ahora me dedico a las películas familiares, en el jardín de mi casa de campo. Hay una canción folklórica, que indica cómo llegar. Se titula «Doble a la izquierda, hacia el cerdito que duerme».
P.: ¿Y cómo son esas películas familiares?
K.R.: Recién terminamos «La venganza del Hombre Elefante».Antes, fue «The Fall of the Louse of Usher», una reelaboración de «El gabinete del doctor Caligari» [hay un juego de palabras, louse, insecto, en vez de house, como se titula el cuento de Edgar Alan Poe].
P.: A esta altura, ¿cómo considera la influencia que dejó usted en el cine moderno?
K.R.: ¿Dejé alguna influencia? Bueno, me han dicho que sí. Supongo que sí. Y sin embargo hoy no podría hacer películas como «La otra cara del amor», ni «El mesías salvaje». No consigo más fondos. La globalización también me afecta.
Entrevista de P.S.




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