25 de mayo 2000 - 00:00

"KIRIKOU Y LA HECHICERA"

Q uienes veían «Caloi en su tinta», programa que durante diez años fue unánimemente visto y elogiado, y ahora sería bueno volver a ver en el canal estatal, recordarán sin duda el nombre de Michel Ocelot. Su corto «Los tres inventores», enteramente hecho en papel filigranado, y sobre todo el más extenso (como que se pasaba en capítulos) «La princesa insensible», verdaderamente lleno de ingenio y colorido, fueron favoritos del público en todo ese tiempo. Varias veces debieron repetirse.
Y cuando parecía que tanta belleza ya era sólo un recuerdo del reciente pasado, llega a nuestros cines un largometraje de Ocelot, el primero que hace en su vida. Prodigio de pintura, ritmo, narración mítica y picardía, «Kirikou...» nace del recuerdo de una infancia feliz en la Guinea francesa, del cariño por los cuentos africanos tradicionales, por el arte de los ebanistas negros y los fauvistas galos, y por el primitivo aduanero Henri Rousseau en particular. Esto último se advierte en el modo de pintar los árboles, la paleta de verdes tropicales, el grafismo que define cada silueta (excepto las ardillas), la luz que surge de las plantas, el brillo de las flores, y el sentido de la perspectiva, todo lo cual, aunado a la música folclórica del senegalés Youssou n'Dour, conforma una verdadera fiesta. En cuanto a la historia, sobre el enfrentamiento entre un niño recién nacido, desnudito, y una hermosa hechicera engalanada de joyas que tiene dominada la aldea, es un hermoso cuento iniciático, donde el héroe tiene un nacimiento prodigioso, supera diversas pruebas, emprende un viaje por las entrañas de la Tierra y las espaldas de los monstruos, recibe la amistad de los animales, la admiración o el rechazo de los suyos, alcanza el conocimiento, y, con él, vence a la hechicera. Un cuento de ritmo cadencioso, juguetón, que además también tiene momentos inesperados, como el de una corta charla del niño con su madre, acerca de quienes le desean el mal por pura envidia o pequeñez moral, o, más inesperado aún, el momento en que el héroe conquista a su adversario, en vez de destruirlo. Para hacer esta película, Ocelot se concentró en Angouleme, la capital europea de la historieta, y escribió todo el guión en una se-mana. En un mes ya había diseñado todos los lugares y personajes que necesitaba. Y en cinco años hizo el trabajo, dividiendo los distintos pasos de la producción entre técnicos y artistas de París, Bruselas, Luxemburgo, Riga y Budapest. Hubiera tardado menos, pero le llevó un buen tiempo convencer a los productores de que las mujeres negras no usan corpiño. En efecto, todas aparecen dibujadas en topless. Difícilmente algún niño se queje por ello. Además, como se nota, es una película que bien pueden disfrutar los adultos.

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