12 de octubre 2000 - 00:00
"LA CENA"
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En ambos casos, la misión que les toca es desactivar el peligro a tiempo, y el italiano que no tiene efectos especiales, ni los necesita corre con la ventaja de que la sabiduría puede más que la técnica, y tardará así mucho menos que el astronauta en lograr que las cosas vuelvan a su orden. Al momento del café, su compañero de mesa ya es Vittorio Gassman, que está despidiéndose en todo sentido de esa noche suave, melancólica y templada, que acaba de pasar tan velozmente.
El restorán donde Scola reúne a sus personajes se llama Arturo al Portico, es inconfundiblemente romano y, como tal, elegante y descuidado al mismo tiempo, íntimo, acogedor. Y mucho más cuando a su frente está la impar Fanny Ardant, lejana ya de los resplandores de sus años Truffaut pero luciendo una madurez espléndida, y no menos sabia. El personaje que le destina el libro no podía ajustársele más: la padrona elegante, componedora de situaciones, deseada y seductora, pero irrenunciablemente fiel a su marido.
«¡Si usted tuviera 30 años más!», exclama Gassman apenas la ve, con esa galantería narcisista que fue su marca hasta el último día. Porque, aunque ella no lo advierta, no le dice «Si yo tuviera 30 años menos»: él tiene la edad justa para el amor; la que está en falta es ella, que llegó tan tarde. En su último papel para el cine (y «La cena» es melancólica no sólo por eso), Scola le reserva al « mattatore» el lugar del oráculo. Provinciano y como él mismo definió «rompecoglioni», pero oráculo al fin.
Gassman solitario, contemplador, insinuante. La aventura, para él, es sólo especulativa, nunca práctica: el mozo le pregunta, apenas llega, si comerá el arroz de siempre. El se niega, con toda determinación, pero al cabo de un erudito paseo por otras posibilidades de menú, sobrevienen la frase y el gesto tan gassmaniano de la mano derecha a media altura, trazando un tirabuzón con los dedos: «El arroz de siempre». Es con esa actitud que recibe a Giannini a su mesa, libres, pacificados, divirtiéndose a su manera de sus propios ridículos.
Para su nuevo film coral, Scola adhiere a esa actitud. El tono medio y zumbón de «La cena» no tiene ni la acidez política de «La terraza» ni la estilización de «El baile» y ni siquiera algunos de los sobresaltos de «La familia». Sus explosiones, como la de la estupenda Stefania Sandrelli ante la imprevista confesión de su hija sobre el sentido que le quiere dar a su vida, aparecen asordinadas por la permanente pátina de melancolía romana, condición que la pone al resguardo del peligro de lo plañidero, y también de lo representativo o «simbólico».
Los personajes de los más jóvenes no son los menos logrados, aunque sí los tratados con menos piedad. Oscilan entre la desprotección y el grotesco, sin marcas que los rediman o que los condenen, y no se diferencian demasiado de esos turistas japoneses que también ocupan una mesa y que se fascinan con los colores de las salsas. En definitiva, ellos tienen sus propios directores para contar sus propias historias. No es éste el caso.
La mirada de Scola, de 68 años cuando filmó esta película, tiene otras debilidades, otras afinidades que no tienen que ver ni con el apuro, ni con la tecnología ni con la indiferenciación estética o sexual de fin de siglo. Y es gracias a esas afinidades que Gassman pudo despedirse del cine en una buena mesa, rodeado de amigos, con esa alegría en el rostro.


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