4 de mayo 2000 - 00:00

"LA CHICA DEL PUENTE"

U na muchacha hermosa contempla obsesivamente el agua bajo sus pies. Está por matarse. Un hombre se acerca a salvarla. Es un lanzador de cuchillos. Le hace una oferta (total, ¿ella qué puede perder?), y una advertencia: «A partir de los 40 años, el resultado de cada lanzamiento es algo aleatorio».
«La chica del puente» no empieza así. Primero hay una especie de talk-show estilizado, semiabstracto, donde ella cuenta su pequeño pasado medianamente amoroso. Una escena cargada de ironía, de interés creciente, en la que Vanessa Paradis demuestra que además de hermosa es muy buena actriz. Después vendrá lo del puente. Y a partir de allí sentiremos, como su protagonista, la fascinación, el glamour, el peligro. En especial, el peligro del amor. Atada, entregada, sabiendo que en ella misma está el secreto del número: «Lo que cuenta no es el lanzador, sino el blanco», le ha dicho el hombre. Cada acto será, más y más, un desafiante acto poco menos que sexual, de placer y de miedo, cada vez más original, más impactante. Desde el primero, en que el hombre
define a ciegas su silueta, con un telón a manera de sábana. Y el público siempre pide más. Y la atracción, la comunicación, la aceptación de las pequeñas heridas, también irán creciendo. De igual manera la tendencia a la fuga. A fin de cuentas, él siempre está metido en lo suyo, y hay tantos muchachos por ahí...
Dos partes de un mismo billete, un encendedor que cambia de manos, un viaje a toda velocidad en plena noche sólo para tentar la suerte, son pequeñas claves de una relación que transita desde lujos parisinos a incertidumbres orientales, a un circo exquisito, a un barco de lujo en el Mediterráneo, a otro puente. Siempre habrá otro puente, pero no necesariamente estaremos con el mismo estado de ánimo, o en la misma situación. Patrice Leconte, no cabe duda, hizo esta historia para rendir homenaje al amor, a las mujeres que transmiten confianza en el hombre que las quiere, y también para rendir homenaje a sus maestros.
Se trata de maestros de la vieja guardia:
Jacques Becker, Julian Duvivier, Jean Gremillon, Jean Renoir. Como ellos, Leconte maneja de un modo admirablemente preciso las situaciones, los diálogos agudos (a veces hay una frase imperdible tras otra, y todas calzan justo), y los artistas. Y encima hay una ambientación con toques elegantemente fellinescos, estilo años '50 o tempranos '60, incluyendo temas de época y fotografía en blanco y negro.

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