21 de julio 2003 - 00:00

La engañosa inocencia de Mónica Van Asperen

Mónica Van Asperen, que en estos días exhibe sus obras más recientes en la galería Maman, trabaja desde hace alrededor de cinco años con globos de colores, la marca en el orillo de sus fotografías y objetos. Con ese elemento lúdico y aparentemente inocente como único recurso, la joven artista realizó durante los '90 una serie de obras expresivas y dramáticas, que la alejan del espíritu despreocupado que marcó esa década.

En la base de sus trabajos actuales figuran todavía los globos, que la artista modela hasta conseguir largos tubos elásticos que ovilla alrededor de la cabeza o el torso de los personajes que fotografía.

Y ahora, a la fragilidad del látex expandido que le brinda a la obra un carácter de inestabilidad extrema, suma la del vidrio. Desde hace dos años, Van Asperen trabaja en una fábrica donde aprendió la técnica del soplado. Hoy utiliza el vidrio de modo ambiguo, tanto para marcar tensiones, evidentes en «ADN/ DNA», pieza clave que abre la muestra, como para componer las libres y seductoras formas de sus «Mónadas». Con su engañosa apariencia festiva, sus juegos de luces y sombras y sus destellos, los vidrios y globos se adivinan como elaboradas metáforas del cuerpo con la posibilidad latente de quiebre o estallido.

Las radiantes ataduras de látex implican una situación de riesgo, y de ningún modo se perciben como inofensivas, sino más bien como prolongaciones del cuerpo que lo ahogan y tan amenazantes como un instrumento de tortura. Pese a la inocente naturaleza del material y el artificio del montaje, las imágenes aluden a la opresión y al grado de resistencia que es capaz de soportar y de afrontar el cuerpo. A esta tensión se suma la del enfrentamiento de los personajes: un hombre y una mujer en actitud expectante. En sus obras anteriores, Van Asperen trabajaba con una sola figura, pero en las muestras colectivas que presentó este año en la galería Pradilla de Madrid, incluyó otra. «Son personas casi selladas una a la otra, dispuestas a la confrontación», explica.

En otra serie de imágenes, mucho menos inquietante, la artista explora los principios básicos de la forma, planta los sólidos cuerpos de sus modelos literalmente en el barro y rescata así los elementos primarios de la representación escultórica. Su obra ha cambiado ostensiblemente. Mientras las fotografías de la década del '90 eran deudoras del diseño publicitario y ostentaban colores vibrantes, en las actuales, los desnudos responden al ideal de la belleza clásica y los globos respetan el color de la piel.

En todo caso, se trata de una muestra que exhibe la obra, pero también los diversos caminos que conducen a la obra. Como el grupo de huevos en blanco y negro, que muestra en su interior un proceso de vaciado, en clara referencia al oficio del escultor.

Otra de las virtudes destacables de la exhibición, es que permite descubrir la formación musical simultánea a la visual de la artista. Sobre todo en los dibujos que a modo de partituras muestran los ritmos, espacios y secuencias que componen las obras, y en la instalación de platillos de percusión realizados en vidrio y metal que domina la sala, y se percibe como un extraño acorde corporizado. La curaduría es de
Sonia Becce y el texto del catálogo de Lucas Fragasso.

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