29 de junio 2000 - 00:00
"LA ESCUELA DE LA CARNE"
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Pero Dominique se enamora de Quentin ( Vincent Martinez), veinte años menor que ella: él es un taxi boy bisexual empleado en un bar gay, que está desbordado por las deudas y que acaba de plantar a un melancólico abogado cincuentón que lo mantenía; de sus esparcimientos, los únicos que podría practicar delante de la policía son el boxeo y los videojuegos. Evidentemente, un partido bastante alejado de los altos ideales del fallecido padre de Dominique, un celebrado médico parisiense.
Decir que Dominique se enamora sólo da una idea aproximada de la obsesión que, apenas conoce a Quentin, la convierte en humillada presa de los desplantes, caprichos, violencias y chicanas morales por las que tiene que atravesar día tras día. Un calvario que hubiera espantado a la misma Jeanne Moreau de «Moderato cantábile», cuando se apasionó por el harapiento Belmondo (al lado de Quentin, un personaje casi viscontiano).
Las amistades de Dominique empiezan a cambiar: ahora, su confidente más cercano es un transexual que trabaja en el mismo bar de Quentin; también algunas de sus costumbres y desde luego su billetera, que siente de inmediato el impacto del cambio, aunque eso es en apariencia lo que menos le preocupa. El viaje al infierno de Dominique será, descontadamente, un festín para psicoanalistas, que podrán interpretar y reinterpretar a gusto esa evidente confrontación entre la imagen del padre dominante y la humillación a la que voluntariamente, en apariencia al menos, se somete la espléndida mujer (la Huppert está muchísimo más interesante y atractiva que hace 20 años, en sus tiempos de «Violette Nozière» o «Las hermanas Brontë»).
Sin embargo, como aventura pasional, «La escuela de la carne», tras un comienzo muy interesante, corre el riesgo de desdibujarse de hecho le ocurre en algunos vericuetos afines al esprit français, desde «Las relaciones peligrosas» a esta parte. Esos juegos, como el cuarteto que se arma con la aparición de la muchacha púber y el convidado de piedra (un pobre tipo al que elige ella sólo para darle celos a Quentin) podrán tener su interés para algunos espectadores, pero alejan bastante a la historia de su plan-teo inicial, y distraen. Igualmente, es un film distinto y bienvenido en la cartelera de hoy, que recobra mucho de ese cine francés tan visto en la avenida Corrientes en otros tiempos y que decididamente es incompatible con el pop corn.




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