13 de julio 2000 - 00:00

"LA ETERNIDAD Y UN DIA"

E xhibido con buen éxito de público hace dos años en el Festival de Mar del Plata, en versión completa de 134 minutos, e idioma griego original, «La eternidad y un día» se estrena ahora en las salas porteñas, en versión doblada al italiano y unos minutos más corta. Pero no es necesario rasgarse las vestiduras. Por tres razones: primero, porque la versión completa sólo se estrenó en Holanda, ya que en la misma Grecia se estrenó con cuatro minutos menos. Segundo, porque los dobladores italianos son habitualmente muy buenos y hablan una bella lengua. Cierto que, justo en este caso, el idioma tiene su importancia, pues el personaje protagónico es un escritor griego atento a las palabras. La tercera razón es que sigue siendo una película hermosa, donde el poeta de «La mirada de Ulises», Theo Angelopoulos -bien le cabe la distinción de poeta-, ratifica sus méritos: una tristeza que purifica el alma, un estilo que hipnotiza y fascina.
Aquí, enfermo de cuerpo y alma, un hombre abandona su casa. Debe ir al hospital (lo suponemos, luego lo confirmamos), pero en cambio prefiere hacer un melancólico viaje a ninguna parte. Acaso a una siesta de infancia en que se preguntó qué cosa es el tiempo. O a un lejano día de felicidad veraniega junto a los suyos, en especial junto a su esposa, ya perdida. De pronto deberá hacerse cargo de un niño albanés, que huye de policías y traficantes. Con él recordará a un poeta de otro siglo, que compraba palabras olvidadas de su propia lengua y dejó un largo poema inconcluso. O se preguntará por el mañana y por las fronteras que vamos construyendo en nuestra vida, frente a los demás.
«¿Por qué no aprendimos cómo amar?», pregunta tardíamente el hombre a su madre. A su vez, el chico le enseñará algunas palabras en su lengua. Por ejemplo, «muy tarde». Ese niño, casi diríamos a veces que es el mismo escritor. O acaso es otro niño, de otra infancia más dura, más cerca de estos tiempos. Puede haber una reflexión sociopolítica en este hecho. El autor deja que el espectador deduzca las cosas que le interesan, por su sola cuenta. Despaciosos acercamientos de cámara (prodigiosos cuando siguen una boda en el puerto, notables ante la fuga de unos niños limpiaparabrisas por la calle), situaciones quietas, demoradas, en las que de pronto irrumpe algo fuerte o violento, pero en una estilización casi teatral, donde el realismo parece suspendido, gente que corre hacia lo suyo con determinación, y resignación, en silencio, viajes en la niebla, viajes en la noche, hasta llegar a un viaje en ómnibus que es todo simbolismo, humor triste, precisión creativa, cine puro. Ese es el cine de Angelopoulos, y puede apreciarse cualquiera sea el doblaje.

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