25 de mayo 2000 - 00:00

"LA GENTE DEL ARROZAL"

D rama naturalista no exento de poesía, sobre la vida de una familia de campesinos camboyanos, «La gente del arrozal» se basa en un clásico malayo, «Las trampas del destino», de Shanon Ahmad. La vida de los arroceros es la misma en todo el sudeste asiático, y casi la misma en el resto del mundo, incluyendo el litoral argentino. Seguir el curso de las estaciones, trabajar duro, los pies en el agua, los mosquitos en la espalda, sonreírle a la desgracia, disfrutar a la tardecita, vender la cosecha por unos pocos pesos. Sólo que Camboya estuvo largos años en guerra. Rithy Panh, el más chico de los nueve hijos de un profesor prestigioso, tenía apenas once años cuando los khmers rojos destruyeron su familia. Recluido en un campo «de reeducación», a los 15 logró escapar a Tailandia. A los 16, exilado en Francia, retomó sus estudios. A los 23 volvió a su pueblo, con la cámara al hombro. Los documentales «Site 2» y «Camboya, entre la guerra y la paz» fueron un relativo ajuste de cuentas, que iría cerrando con los largos «Bophana, una tragedia camboyana» y «Una noche después de la guerra», este último presentado en Mar del Plata '98, y referido a la puja de los sobrevivientes, entre el deseo de vivir, aunque sea en una ciudad bochornosa, y las ganas de matarse y terminar con los malos recuerdos.
Pero entre esos documentales y esas historias, Rithy Panh hizo «La gente del arrozal», la vida de un matrimonio con puras hijas mujeres, para quienes la guerra es apenas una fugaz aparición nocturna, y el drama es casi enteramente el de la lucha del hombre con la naturaleza, con la mezquindad del entorno social, con las tram-pas que puede haber bajo los
pies, o en la cabeza. Sorprende saber que esta obra de estilo clásico, muy bien armada, con ajustada narración y escasos diálogos es la primera película que hacen los camboyanos en toda su historia. Es increíble que sus intérpretes sean todos debutantes, incluso la señora Peng Phan, digna de elogio en un papel dificilísimo, y en la vida cotidiana es sólo una vendedora de cocos en el mercado de Phnom Penh.
Para decir lo suyo, y realmente tiene algo que decir, esta gente tuvo que partir de cero. Cierto que contaba con el respaldo de técnicos y productores europeos, pero igual tuvo que partir de cero. Y atención, que si sigue así, cualquier día de éstos nos alcanza.

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