La escena
humorística más
lograda de «La
gran seducción»,
liviana comedia
canadiense que
pierde puntos
cuando guionista y
director pretenden
insuflarle seriedad
y reivindicación
social.
«La gran seducción» (La grande séduction, Canadá, 2003, habl. en francés). Dir.: J.F. Pouliot. Guión: K. Scott. Int.: R. Bouchard, B. Briere, D. Boutin, M. Légaut, R. Bossé y otros.
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Sobre unas imágenes de cuento infantil, la voz de un adulto recuerda con nostalgia la época en que las familias de pescadores de la pequeña aldea costera canadiense Sainte-Marie-La-Mauderne eran felices. Ahora, dice la misma voz sobre unas tristes imágenes actuales, los habitantes viven del seguro social y sueñan con la instalación de una fábrica que les «devuelva la dignidad».
Pero los empresarios ponen algunas condiciones complicadas. La principal es, que para que haya fábrica, la aldea debe tener un médico residente, lo que al parecer no es cosa fácil, pero liderado por Germain (el que hablaba en off), el pueblo entero pone manos a la obra para conseguir uno a como dé lugar.
Por una caprichosa vuelta del guión (esto es una comedia), un joven médico de Montreal llamado Christopher Lewis, al que se vio antes atiborrarse de cocaína, es forzado a pasar en Sainte-Marie una temporadita necesaria para que Germain y sus secuaces se ocupen de seducirlo. Además de pincharle el teléfono para enterarse de sus gustos -que ya no incluyen las drogas o el guionista se olvidó de este detalle- le crean una ficción tal que convierte el asunto en una especie de «Truman Show» de cabotaje.
Como Truman, el presuntamente sofisticado Christopher es incapaz de percatarse de las trampas obvias que le tienden esos provincianos ignorantes, lo que desencadena una serie de gags módicamente graciosos, pero de credibilidad nula (el mejor, el veloz curso de cricket que acometen los pescadores enterados de la predilección del doctor por ese deporte «más civilizado que el hockey»).
Dentro de un cuadro general no especialmentecreativo, buenos actores aportaneficacia al humor de «La gran seducción», pero lamentablemente el director debutante (Jean-François Pouliot) también quiere insuflarle seriedad al ya dudoso conjunto con apuntes de reinvindicación social. Es así como antes del happy end deberá escucharse un discurso sobre la recuperación del orgullo y lo bien que hace dormirse, o no, después de un día de trabajo agotador.
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