Una imagen de «Moodloop», el film de Kacero, Guagnini y Schneider que acompaña la muestra del primero.
La muestra de Fabio Kacero que se inauguró la semana pasada en la galería Ruth Benzacar, exhibe la interesante evolución de un artista representativo de la década del '90, que comenzó su carrera en el entonces circuito underground del Centro Cultural Rojas. Gustavo Bruzzone, coleccionista del arte de esa década, preserva una obra realizada con goma espuma, una esponja de plástico que es la génesis de los coloridos objetos de vinilo que hoy son la marca registrada de Kacero.
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Los artistas funcionan como sismógrafos del acontecer de su época, y las obras de los tempranos '90 parecían testimoniar las alteraciones que provocaban en Buenos Aires el torrente de la globalización, el estilo internacional y los vientos multicolores de la cultura del plástico. Así, mientras la ciudad iba perdiendo los paisajes metafísicos y los « colores tenues como el mismo cielo», que fascinaron a Borges, Kacero exhibía grandes estructuras acolchadas con formas geométricas que ostentaban la apariencia flamante, fría y distante de un colorido envoltorio.
En la muestra actual, los bajorrelieves inflados con espuma son más pequeños y están presentados en cajas donde, como si fueran vidrieras, se combinan formas, colores y texturas que seducen con la belleza de su cáscara, aunque la ausencia de contenido es explícita. Buenos Aires también está presente en esta exposición. En el film «Moodloop», realizado con Nicolás Guagnini y Karin Schneider, Kacero yace como si estuviera muerto o dormido (como «el muertito», para decirlo en sus propios términos), en distintos sitios de la Plaza de Mayo y sus alrededores.
Lo sorprendente de esta performance (teniendo en cuenta que la filmación se realizó con una pequeña cámara y un poderoso teleobjetivo con el fin de que pasara inadvertida ante los transeúntes), es la indiferencia absoluta de la gente que ni siquiera repara en ese personaje tendido en la calle, o que en el mejor de los casos, apenas si le dedica una mirada displicente. Esta sátira urbana oscila entre el drama y el humor, pero refleja de modo tan implacable como un espejo una realidad que resulta difícil de asimilar.
El sentido del film se acentúa con la comparación que establece en el texto del catálogo Rafael Cipolini, entre el «Vivo Dito» del sesentista Alberto Greco, «que transmutaba en arte a muy distintos transeúntes de Madrid, Buenos Aires o Nueva York, dibujando un círculo de tiza a su alrededor «, y el «No-Vivo» o el «muertito» de nuestros tiempos.
La muestra se completa con la presentación de un libro, «Nemebiax», donde Kacero se aleja de la cruda realidad exterior, del plástico helado y la indiferencia de la gente, para crear un universo de nuevas palabras. En un mundo donde términos como «frío», adiós» o «sencillez» son «marcas extremas de un continuo que ignora los pasajes», es decir, que no le bastan para expresar determinados matices, él crea palabras que todavía están «inanimadas, suspendidas, a la espera de despertar».
• Jóvenes
En la galería ASga son los jóvenes quienes se encargan de mostrar las dificultades y la complejidad del mundo actual, sobre todo, Leopoldo Estol, quien integra junto a Carlos Huffmann, Lola Goldstein, Eduardo Navarro, Manuel Brandazza y Diego de Aduriz, la muestra colectiva «Tempranos interesespersonales» curada por Sonia Becce. Estol (22 años) presenta una alucinada instalación llena de objetos que han perdido la función para la cual fueron creados. Para comenzar, un televisor encendido, pero con la pantalla pegada a la pared, o una escalera imposible de utilizar porque sus escalones están bloqueados o, peor aún, un cepillo de dientes dentro de una media usada, o un frasco lleno de cabezas de fósforos. Se trata de un laberinto repleto de elaboradas citas sobre el arte y cargada de elementos de uso cotidiano que le brindan a la obra el aspecto de un laboratorio siniestro, porque los objetos familiares se han vuelto irreconocibles.
En medio de la gran sala, el colectivo inflable de Navarro realizado con bolsitas de plástico precariamente pegadas, se desinfló en pleno vernissage. Como dice Roberto Jacoby, el hecho induce a pensar en el duro destino de nuestros artistas contemporáneos, que se las ingenian con «bajísima tecnología y alta ironía».
• Disposición
Entretanto, el trencito de Huffmann (becado por dos años en la escuela Calarts de EE.UU.), gira bajo una montaña de libros de arte. «En mi obra -aclara el artista-trato de usar objetos que se sienten muy reconocibles y busco ponerlos en un lugar de ansiedad. A diferencia de un readymade, no busco que se transformen en arte ('decime que soy arte, decime que soy arte') sino más bien que sean silenciosos e incómodos». En suma, más allá de la alegría que reinaba en ambas muestras el día del vernissage, ya que congregaron a dos potentes generaciones en plena actividad, es evidente que la incomodidad de la vida actual tiene su correlato en el arte. La cuestión es abrir los ojos para percibirlas.
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