9 de julio 2004 - 00:00

"La piscina"

Como en la superior «Bajo la arena», Francois Ozon se vale de la frialdad de Charlotte Rampling para construir un thriller algo pasado de moda que el imprevisto final puede llegar a redimir.
Como en la superior «Bajo la arena», Francois Ozon se vale de la frialdad de Charlotte Rampling para construir un thriller algo pasado de moda que el imprevisto final puede llegar a redimir.
«La piscina», Francia-G.B., 2004; habl. en inglés). Dir.: F. Ozon. Int.: C. Rampling, L. Segnier, C. Dance.

"La piscina" es un policial psicológico, ligeramente pasado de moda, que se ve con interés, luego con algo de decepción, luego con más decepción todavía, aunque su imprevisto desenlace, que obliga a reinterpretar prácticamente toda la película, puede llegar a redimirlo.

Su director, el francés François Ozon, ha querido evocar aquellos años en que el público iba a buscar algo más que satisfacción inmediata al cine; cuando era un placer y un desafío salir de la sala buscando significados ocultos, cruzando interpretaciones y puntos de vista aunque, en definitiva, no se tratara más que de fruslerías. Pues bien, «La piscina» es una gran fruslería, aunque cautivante. Desde su mismo título, que evoca aquella piscina en la que Alain Delon mataba por segunda vez en la pantalla a Maurice Ronet (nada tienen que ver un film con el otro), Ozon, director de la afortunada «Bajo la arena» y la desdichada «Ocho mujeres», vuelve a valerse de la frialdad casi asexuada de su actriz favorita, Charlotte Rampling, para construir un thriller erótico «neohitchcockiano», en donde hay un personaje acorralado que ve, desde su ventana indiscreta, el desarrollo de un drama sin saber exactamente qué fines persigue, o si el objeto final de la persecución es ella misma.

La inglesa Sarah Morton (Rampling) es una exitosa escritora de novelas policiales que ha tocado límites: exhausta, reseca interiormente, prisionera de sus personajes, recibe la invitación de su editor (Charles Dance), a quien nada le agrada la idea de que ella se desvíe literariamente de la línea de novelas que tanto dinero le rinde, a pasar una temporada en su casa de campo en Francia. Allí, lejos de las nieblas de Londres, le dice el editor (con quien se presume ha mantenido algún tipo de relación íntima en algún momento), podrá despejarse el espíritu y escribir su próxima obra con toda felicidad. Sarah acepta la invitación.

En la soleada residencia, con enorme piscina y un viejo criado, la escritora parece haber dado con el remedio indicado, pero no por mucho tiempo. A los pocos días de establecerse, la inesperada llegada de la hija del editor, la adolescente Julie (Ludivine Segnier), se le convierte en el infierno en la tierra. La muchacha, sexualmente libérrima, no tarda en convertirse en su objeto de repulsión y modelo a la vez, y su presencia en la casa desata sus fantasmas más ocultos. Julie, rencorosa tal vez por aquella relación con el padre, además de por el trato hostil que recibe por parte de Sarah, encuentra el campo propicio para ejercer todo su sadismo. Entre otras cosas, consciente de la atracción que la escritora manifiesta por un mozo de un bar cercano, llega a invitarlo a la casa, y montar una pequeña fiesta que queda al borde de convertirse en un menage à trois.

Los episodios sangrientos (y el comienzo de la decepción a la que se aludía antes), tampoco tardarán demasiado. Sin embargo, a diferencia del policial clásico y en consonancia con un tipo de cine que era frecuente treinta años atrás, el giro final de la película reacomoda de golpe todas las piezas.

Desde luego, no es mucho lo que se puede anticipar sin estropear la sorpresa; sólo apuntar que ese desenlace pondrá en dudas la existencia real de alguno de los personajes, y con ello producir un giro no tanto a lo fantástico (ya que esta película no lo es) sino, más convencionalmente quizás, a los siempre insondables «vericuetos de la mente».

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