20 de octubre 2004 - 00:00
"La realidad no se puede contar sino con mentiras"
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Vicenzo Cerami
Visitó Buenos Aires invitado por la Universidad de Bologna, y dialogamos con él.
Periodista: ¿Qué lo llevó a dedicarse a la literatura?
Vicenzo Cerami: Comencé con poemas que se convertían en historias y pasé al cuento. Mi profesor de literatura en la secundaria, por tres años, fue Pier Paolo Pasolini, que me hizo descubrir que lo mío era la literatura. Continué frecuentándolo porque le gustaban mis poemas y mis cuentos. Era el momento en que él tomaba impulso como novelista, cineasta y director de teatro. Me tomó como asistente y eso me permitió aprender esos distintos lenguajes, cómo funciona la máquina teatral, cómo se hace cine. Fui su asistente en «El Evangelio según San Mateo» y su ayudante de dirección en «Pajaritos y pajarracos» (en esa película conocí a Totó, el gran cómico italiano que me enseñó la comicidad). Colaboré en el guión de «Teorema» y aprendí a escribir para el cine.
V.C.: Tengo vocación narrativa. No me veo tanto escritor como narrador, soy un inventor de historias. Si una idea no funciona para el teatro me sirve para una novela. Me multipliqué por cinco. Si me hubiera dedicado sólo a la literatura sólo hubiera escrito novelas. En otra época no podría haber hecho todo eso.
P.: ¿Por qué?
V.C.: Se veía mal, todo estaba dividido y había que dedicarse a un género. Antes el narrador no podía ser dramaturgo, ni el poeta, guionista; si se dedicaba a cosas diversas no era serio. Eran meras convenciones. Mi generación ya supo de artistas que sumaban lenguajes, como Pasolini, y buscó manejar todas las posibilidades, estar abiertos a la creación.
P.: Usted tuvo la suerte de trabajar desde sus comienzos con grandes directores de cine.
V.C.: Si, después de Pasolini, trabajé con Fellini. Cuando murió estábamos con guiones de dos films: un infierno dantesco y un «
Pinocho», que finalmente concreté con Roberto Benigni. Mi suerte no fue sólo en el cine, siempre he encontrado gente que me enseñó algo distinto.
P.: ¿A quiénes recuerda como fundamentales en su carrera?
V.C.: Al poeta Giorgio Caproni que me enseñó a descarrilar la imaginación, que la poesía es abrir una puerta que estaba cerrada, que un formato muy rígido puede permitir las mayores audacias y que, para encontrar la solución a una dificultad, hay que ir con la imaginación muy lejos, hallar fantasías nuevas. Alberto Moravia me ayudó a aceptar el mundo como es, a ser menos infantil, menos utopista. Elsa Morante me hizo ver cóomo la originalidad se unía a la cultura. Era fatigoso estar con ella; todo el tiempo decía cosas sorprendentes que me obligaban a pensar. Fellini fue la mezcla de memoria y poesía, partía contando algo de su vida y la historia se transfiguraba, se volvía poesía en imágenes.Aprendí que la realidad no se puede contar sino a través de la mentira. Italo Calvino, que prologó mi primera novela «Un burgués pequeño, pequeño», que más tarde se filmó con Alberto Sordi, fue quien me lanzó al mundo literario. Calvino me dio lo que el llamaba la «conciencia lingüística». Me decía que una máquina narrativa se trabaja con una lengua, y que cada obra necesita de un escritor, y uno tiene que estar al servicio de ella, cambiando el estilo según lo que la obra reclama.
P.: ¿El encuentro con Benignifue el más importante?
V.C.: Fue la alianza con el cómico. Pienso que la comicidad es la cumbre de la pirámide del arte. El personaje que encarna el cómico es extraordinario, es una máscara sin psicología, sin sociología ni background. Actúa sólo sus necesidades básicas: comer, amar, trabajar. Es conservador, reaccionario, sólo quiere ser feliz. No se puede estudiar la cultura de una época a través de un film cómico porque es metafísico, muestra la esencia de lo humano, no el momento. El cómico muestra el hombre en su esencialidad, en su naturaleza más sagrada.
P.: ¿Cómo ha sido la relación con Benigni en seis películas?
V.C.: Ha variado con el tiempo. Envejecimos. Las primeras películas, «El diablito», «Johnny Stecchino» y «El monstruo» eran cómicas, puros gags. Yo fui gagman en Estados Unidos, al comienzo de mi carrera; allí aprendí esa matemática cómica. Con «La vida es bella» abrimos el repertorio del actor, es el cómico que se vuelve dramático sin quererlo. Continúa siendo cómico pero a su alrededor la situación cambia y entra en conflicto con una realidad que no le permite ser cómico.
P.: ¿Los transformó que la película recibiera el Oscar?
V.C.: Fue el mas vistoso de los muchos premios que tuvimos. Fue sorprendente, pensábamos que habíamos hecho un film difícil y riesgoso. Enfrentamos varios tabúes, no sólo el de la Shoa, también el del cómico que muere. En la historia de la comicidad eso no existía. Creíamos que era un film experimental y resultó un film popular que recorrió el planeta. Por él los chicos de China supieron que en Europa había ocurrido el Holocausto. Fue un éxito que no nos vino regalado: produjo envidias, odios y críticas. Eso tambien le ocurrió muchas veces a Fellini.
P.: ¿«Pinocho» fue un paso atrás?
V.C.: Para la cultura italiana Benigni tiene todos los rasgos de Pinocho, pero se criticó que no lo encarnara un chico. Pinocho no es un chico, es una marioneta. Hicimos un film muy duro, el de Collodi es el libro más violento de la literatura italiana, a cada instante intentan destruir al personaje porque no es como los otros, es víctima de un sistema represivo. Fue otro film experimental. Y con el nuevo, «La Tigre e la Neve», seguimos en lo mismo, contamos una historia de amor en medio del conflicto de Irak.
P.: ¿Y las novelas, cuentos y ensayos?
V.C.: No las dejo de lado. Trabajo todos los días. Si paso de una cosa a la otra es porque el del escritor es el trabajo mas cansador que existe.



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