9 de septiembre 2004 - 00:00

"La terminal"

Tom Hanks en una de sus primeras noches en el área de tránsito del aeropuerto, en «La terminal» de Steven Spielberg.
Tom Hanks en una de sus primeras noches en el área de tránsito del aeropuerto, en «La terminal» de Steven Spielberg.
«La terminal» («The Terminal», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: S. Spielberg. Int.: T. Hanks, S. Tucci, C. Zeta Jones, D. Luna y otros.

Tom Hanks, que se las arregló como pudo en la isla de «Náufrago», tiene ahora en «La terminal» algo más de esparcimiento aunque su soledad sea parecida. Libremente inspirada en el publicitado caso del iraní que todavía sigue viviendo en el aeropuerto Charles De Gaulle, la nueva película, que dirigió Steven Spielberg, es una especie de Kafka básico y sentimental.

El dilema es así: Viktor Navorski (Hanks) es ciudadano de la imaginaria república de Krakozia. Mientras vuela a Nueva York, se produce un golpe de estado y guerra civil en su país. Así, cuando llega al aeropuerto JFK, las autoridades no aceptan ni su pasaporte ni su visa, pero tampoco puede regresar dada la situación que encontraría en su suelo.

Resultado: lo único que puede hacer, hasta encontrar una solución, es permanecer en el área de tránsito de la terminal (no hay que ponerse muy exigentes con la lógica porque hay huecos por todas partes).

Con el correr de los días, luego las semanas, luego los meses, su contraparte en la película, el oficial de migraciones Dixon ( estupendo Stanley Tucci) encuentra que Viktor es una insoportable molestia que es necesario sacarse de encima. En una ocasión hasta le da pie para que huya (y se convierta en el problema de otra jurisdicción); también le propone pedir asilo político, pero Viktor, que para eso debe contestar afirmativamente a la pregunta de si tiene miedo de regresar a Krakozia, no lo hace: «¿Cómo voy a tenerle miedo a mi país? Miedo le tengo a los fantasmas, a Drácula, no a Krakozia», le contesta.

El film, a su manera, es una elemental metáfora acerca de las fallas del sistema y el papel del individuo dentro de ese engranaje, pero sobre todo una amable comedia de situaciones que lleva, como protagonista, un ET más crecido y pícaro, que sólo se desespera en las primeras escenas por no poder «llamar a casa», y que después se establece, a sus anchas, en ese micromundo. Allí hará amigos, se pondrá al borde de un romance con la azafata Zeta Jones, y hasta se convertirá (lo más flojo de toda la historia) en el héroe de los empleados de la terminal cuando defienda, con mucho ingenio, a un pasajero ruso que pretende llevarle remedios a su padre.

Tampoco hay ahorro de sentimentalismos cuando se revela, por fin, cuál era el motivo del viaje de Viktor a Nueva York.

Desde luego, el
«toque Spielberg» nunca deja de estar ausente; el timing es perfecto y la película se ve con agrado, lo que ayuda a sobrellevar tanta previsibilidad. Los también buenos recursos humorísticos muchas veces están vedados a quienes no entienden inglés. Hay más de una situación que se vale del mal manejo de la lengua por parte de Viktor ( confunde «Cher» con «share», o «cheat» con «shit»), y el subtitulado no puede hacer nada para compensar esos chistes con algunas equivalencias plausibles. Lo mejor de «Héroe» es que tiene la potencia de los más fuertes ejemplos del cine de artes marciales y elegante como los más celebrados films de Zhang Yimou.

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