15 de enero 2026 - 13:40

"La única opción": la jungla de asfalto corporativo

El coreano Park Chan-Wook retrata el empleo como un sistema cerrado donde la eficacia exige decisiones cada vez más extremas, incluyendo el crimen

Yoo Man-su (Lee Byung-hun), protagonista de La única opción, de Park Chan-Wook.

Yoo Man-su (Lee Byung-hun), protagonista de "La única opción", de Park Chan-Wook.

“La única opción”, del coreano Park Chan-Wook, es una comedia negra sobre el capitalismo, más específicamente sobre la llamada “reingeniería empresarial” (eufemismo por “despidos masivos”, al menos era el que se usaba cuando aún daba pudor usar lenguaje llano). Sin embargo, el film del director de “Oldboy”, aquel violento thriller que causó revuelo en 2003, no se limita a una simple denuncia de manual, sino que, una vez más a través del thriller, ahora en la cuerda de la comedia negra, observa sus efectos cotidianos y su lógica interna.

La película parte de una escena que subraya, no sin ironía, la armonía familiar en la casa de Yoo Man-su (Lee Byung-hun), un empleado jerárquico que lleva 25 años en una empresa papelera, cuando recibe como obsequio unas suculentas angulas que comen en el jardín de su casa, con su mujer e hijos. Es el retrato mismo de la felicidad hogareña, un poco al estilo de las publicidades de los años 50. Al día siguiente, los estadounidenses que compraron la fábrica para fusionarla con otras papeleras, con base en Japón, le informan que lo han despedido. “No queda otra”, le dicen (expresión más exacta que “la única opción” que se usa acá como título).

No hay escándalo ni injusticia, apenas una operación empresarial limpia, internacional, eficaz. Dos razones confluyen: la necesidad de contratar personal más joven, mejor capacitado con las nuevas tecnologías, y por otro lado la progresiva merma del papel en una cultura digital como la actual. Man-su, en cambio, se obstina en definirse como una persona analógica, que ni siquiera ha abandonado la costumbre de enviar cartas en papel y sobre.

Man-su se cae del sistema después de un cuarto de siglo en el que le entregó la vida a la empresa. El capitalismo sin rostro humano no castiga ni premia trayectorias: simplemente reorganiza. Park es cuidadoso en este punto. El despido no se presenta como un trauma excepcional, sino como un hecho naturalizado. Ocurre. Y cuando ocurre, no deja lugar para la queja, sólo para la adaptación.

Tanto es así que la empresa —una de las escenas de mayor sarcasmo de la película— les ofrece a los despedidos unas clases de autosuperación, con ejercicios de respiración incluidos, para que puedan sobrellevar el trance “hasta que consigan un nuevo empleo”. Les aseguran que, con su capacidad, no pasarán más de tres meses hasta que lo logren. No será así, desde luego.

La película elige no transformarse en un drama social clásico. No hay escenas de humillación explícita ni discursos sobre la dignidad perdida. Park toma otro camino, más sinuoso, más incisivo: convierte esta violencia estructural en el punto de partida de un policial negro atravesado por un humor tan seco como inquietante. El capitalismo no aparece como un sistema injusto en abstracto, sino como una maquinaria perfectamente lógica que empuja a los individuos a tomar decisiones cada vez más extremas, siempre en nombre de la racionalidad.

Man-su entiende rápido el nuevo paisaje. Si quiere volver a trabajar en el sector papelero —un ámbito saturado, competitivo hasta el absurdo— debe enfrentarse a otros candidatos que son, en el fondo, sus dobles: hombres con experiencia, edad, historial impecable (algunos con títulos que ni él posee), y el mismo problema. El mercado ofrece pocas vacantes y demasiados aspirantes. Allí se produce el gran giro: el protagonista, por pura lógica de mercado, decide asesinar a algunos de sus competidores directos.

Aquí la película —que tiene chances de Oscar— encuentra su forma definitiva. El film se desliza hacia el policial negro sin alterar el tono, como si el crimen fuera una prolongación natural de los recursos humanos. Park filma los asesinatos —más sugeridos que exhibidos— con una calma casi administrativa. No hay exaltación ni culpa. Hay planificación, cálculo, evaluación de riesgos como en una empresa, pero con un contrapunto permanente: el humor. Man-su es un excelente papelero pero carece de experiencia como criminal.

Esta operación no es nueva en la filmografía de Park Chan-Wook, pero aquí alcanza una síntesis particularmente afinada. Desde la violencia estilizada de la trilogía de la venganza (“Simpatía por el Sr. Venganza”, la mencionada “Oldboy”, y “Lady Vengeance”), pasando por la sofisticación erótica y política de “The Handmaiden”, Park ha explorado siempre sistemas cerrados donde los personajes creen elegir cuando en realidad cumplen trayectorias ya trazadas.

“La única opción” traslada esa obsesión al mundo del trabajo, quizá el sistema más cerrado, y el protagonista, enfrentado a la necesidad de deshacerse de sus competidores, hace suya la frase del título, la que le dice al pasar un norteamericano cuando lo despiden, “no queda otra”.

La película dialoga, de alguna forma, con una tradición clara del cine sobre la deshumanización laboral. “Tiempos modernos”, de Chaplin, mostraba cuerpos sometidos a la lógica industrial; “Recursos humanos”, de Laurent Cantet, revelaba la violencia blanda de las evaluaciones, las reuniones y los correos electrónicos. Park condensa ambas dimensiones y da un paso más: cuando la violencia simbólica se vuelve norma, la violencia real puede integrarse sin estridencias. El policial no contradice la comedia social, la completa.

El humor de “La única opción” no busca el chiste fácil ni la carcajada. Es un humor de precisión, basado en la coherencia interna del sistema. Todo lo que ocurre tiene sentido. Y es justamente esa sensatez lo que resulta inquietante. El espectador ríe porque reconoce la lógica, porque entiende que, dentro de ese marco, las decisiones de Man-su no son aberrantes sino consecuentes. La ironía no suaviza el golpe sino lo vuelve más exacto.

El buen recibimiento crítico de la película y su paso destacado por festivales internacionales confirman no sólo la vigencia de Park Chan-Wook, sino también el momento excepcional que atraviesa el cine coreano. Desde hace más de dos décadas, Corea del Sur ha construido una cinematografía capaz de combinar riesgo formal, lectura política y éxito internacional. El hito de “Parásitos”, que obtuvo cuatro premios Oscar, no fue una excepción sino la cristalización de un proceso sostenido.

“La única opción” se inscribe con naturalidad en ese contexto. No busca explicar Corea ni traducirse para el mercado global. Observa un fenómeno reconocible en cualquier latitud: el despido naturalizado, la competencia permanente, la idea de que “no queda otra”. Park Chan-Wook toma esa premisa y la lleva hasta el extremo con una elegancia cruel, señalando que, cuando el sistema define todas las reglas, incluso el crimen puede parecer una opción para los desesperados.

"La única opción" ("No Other Choice", Corea del Sur, 2025). Dir.: Park Chan-Wook. Int.: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Park Hee-soon, Lee Sung-min.

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