Concierto de Horacio Lavandera. Obras de J.S. Bach, J. Brahms y L.V. Beethoven. (Auditorio de Belgrano, 12/4.)
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Para inaugurar la temporada 2005 de Festivales Musicales de Buenos Aires volvió el joven pianista Horacio Lavandera, quien a los 22 años ya lleva realizada una trascendente labor nacional e internacional y se proyecta como uno de los más talentosos pianistas argentinos de su generación. De su capacidad dio muestras en este recital que incluyó obras de Bach, Brahms y Beethoven (el ciclo 2005 de Festivales Musicales se denomina «Las Tres B» por estar íntegramente consagrado a estos tres compositores). Lavandera ofreció sutiles cambios estilísticos para cada una de las «B» abordadas. Comenzó con el «Capriccio sopra la lontananza del suo fratello dilettissimo» BWV 992, de Bach, que consta de seis pequeñas partes. El pianista utilizó un fraseo de tal rigurosidad que cada una de las instancias tuvo un acabado perfecto, de singular pulcritud. Aunque las piezas pertenecen al género descriptivo y expresan una honda angustia por la partida de los seres amados, Lavandera puso especial énfasis en no cargar las tintas y en cambio ofrecer una sobria expresividad.
Su pianismo sonó limpio y de una pureza cristalina. De la segunda «B», es decir, Brahms se oyeron cuatro piezas del Op. 119. Aquí el carácter de las obras (tres in termezzi y una rapsodia) se transformó en una mirada apasionada al universo brahmsiano. Aquí el pianista logró transmitir un ímpetu arrollador junto a contrastes extremadamente reflexivos, redondeando una visión total equilibrada y sólidamente estructurada de las cuatro piezas, muy bellas por cierto.
La última parte del programa se dedicó a la Sonata en Fa menor («Appassionata») de Beethoven, Op. 57. En ella, Lavandera dio rienda suelta a su juventud , brindando una versión compulsiva y muy personal de los materiales. Por supuesto que la autoridad técnica de Lavandera surge naturalemente y el oyente no teme en ningún momento tropiezos en ese sentido. Beethoven se oyó heroico e intenso. La libertad ejercida por el compositor para adaptar el formato sonata a su propia necesidad expresiva le otorga un enmarque que a Lavandera le sirvió para exponer con sinceridad su propio mundo interior hecho de garra, de vigor. Su unión con el discurso beethoveniano resultó una experiencia realmente fascinante y volvió a poner en un primer plano la solidez de este artista paradigmático de su generación.
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