30 de abril 2003 - 00:00

Lee, el pendenciero que se volvió melancólico

Edward Norton
Edward Norton
«La hora 25» («The 25th Hour», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: S. Lee. Int.: E. Norton, P. S. Hoffman, B. Pepper, R. Dawson y otros.

"La hora 25" es un canto fúnebre a la Nueva York mutilada. Mucho más que su argumento, algo trivial, del traficante que vive su último día en libertad antes de comparecer en la prisión donde debe pasar los próximos siete años (Edward Norton), el último film de Spike Lee se revuelve en una melancolía que no intenta simular su origen.

La película permuta violencia por morbidez: el paisaje de Manhattan sin las Torres, clave en este film, es el fin del sueño, el aturdimiento del alma, el escenario donde el enemigo (entendido simplemente como el «otro», no importa demasiado quién) ya no incentiva el deseo de ser pendenciero como siempre en Lee sino que, simplemente, fastida e irrita.

A ese enemigo, el director dedica un extenso clip rapero donde no falta prácticamente nadie, incluyendo a los mismos negros del norte, y pasando por los taxistas griegos y árabes, los judíos ortodoxos, los asiáticos que no aprendieron inglés, los blancos intemperantes, los irlandeses, los hispanos, los italianos que sueñan con ser llamados a un casting de «Los Soprano». A cada cual su « Fuck You». «La hora 25» puede no ser la mejor película de Lee (de hecho, no lo es), pero tiene la particularidad, histórica por cierto, de ser la primera en asumir ese nuevo paisaje de posguerra y traducir con exactitud la sensación traumática del neoyorquino medio: herida, depresión, impotencia. El psicoanálisis tiene una expresión para esto: irrupción de lo real.

•Símbolo y realidad

Sin lo simbólico de las Torres, lo «real» entra de lleno en la película y los personajes deambulan como fantasmas. Norton el primero, casi siempre junto al perro moribundo que salvó de un accidente, y sin inquirir demasiado en la posibilidad de que haya sido su propia mujer, la puertorriqueña Naturelle (Rosario Dawson, otra extranjera), la que lo delató ante las autoridades.

La cámara de
Lee se engolosina con la más extensa toma aérea sobre el pozo de la «Zona cero», donde trabajan los obreros en la remoción de escombros, mientras dos personajes, junto a la ventana, discurren sobre la falta de futuro en su relación con el protagonista cuando vaya a la cárcel: «siete años es mucho, ya no sabremos más nada de él». Metáfora cuya obviedad no se le habrá escapado, sino que por el contrario parece puesta allí ex profeso, redundante.

Película de «blancos», algo también nuevo en la obra de
Lee, «La hora 25» (que nada tiene que ver con aquel recordado film con Anthony Quinn sobre el «ario puro» y la novela de C. Virgil Gheorghiu) es también, en su aspecto más superficial, el habitual reencuentro de viejos camaradas de colegio, reunidos ahora por el hombre cuyas últimas horas de libertad se van escurriendo (de paso, llamativo método el americano donde un condenado, en lugar de ya estar preso, tiene fecha para presentarse en la cárcel como si se tratara del vencimiento de un impuesto).

En ese reencuentro, que también incluye al padre, la película no evita siempre el lugar común, pero la mano firme de
Lee para el relato, siempre atento a no dejar distraer al espectador, es buena garantía. Por lo demás, como se dijo, un film mortuorio.

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