Pasó el tiempo, y el ya legendario slogan de la primera campaña antidroga del gobierno de Fernando de la Rúa se convirtió en el título de una película horripilante, increíble y sólo recomendable a los sádicos que quieran burlarse sin piedad del debut cinematográfico de Osvaldo Laport. Como no es bueno propiciar ese tipo de sentimientos, lo mejor es no recomendársela a nadie.
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«Maldita cocaína» es parte de ese maldito cine argentino que sólo ven algunos críticos desafortunados, acomodadores, proyectoristas, técnicos del laboratorio, miembros de la comisión calificadora -a veces también los de los comités que a veces le dan subsidios especiales a este tipo de producto-y parientes de intérpretes y realizadores.
En la época de «Humo de marihuana» o «Los viciosos», los maestros de este flagelo cinematográfico que azota a la Argentina desde los años '50 («Marihuana» de Leon Klimovski fue el pionero) al menos podían apelar a divertidos lugares comunes surgidos de su total ignorancia sobre un problema social que el público también desconocía, ya que en realidad no existía en nuestro país. Ahora que el problema sale en los diarios y los noticieros todos los días, una película con semejante título tiene que alcanzar un mínimo nivel de realismo y verosimilitud, salvo que intente ser una comedia negra al estilo Quentin Tarantino.
En cambio, el realizador uruguayo Pablo Rodríguez filmó sin mucha producción, sin un guión razonable y sin otra idea formal que encuadrar el cartel de un restorán o un hotel para que se lea bien su nombre. Y la trama, que parece una copia confundida de aquellos primeros policiales de De Sanzo protagonizados por Rodolfo Ranni, tampoco ayuda.
De hecho, el personaje de vengador implacable que encarna Juan Manuel Tenuta parece pensado para aquel Ranni, sólo que cualquier intento de Tenuta para parecer un vengador implacable es absolutamente inútil. Laport es el jefe narco que se pasa media película en el asiento de un avión quejándose y tratando mal a un subalterno. De vez en cuando tiene algún flashback con sus fechorías, generalmente espolvoreadas con la sustancia del título.
Lo mejor es Ricardo Espalter encarnando a un gángster uruguayo, lo que queda clarísimo porque dice «botija», porta una escopeta y es adicto al mate. Lástima que aparece 5 minutos.
Un raro momento de vanguardia accidental es el combate de varios criminales contra un helicóptero, que durante la mayor parte del tiroteo sólo aparece en off. Con un poco más de delirio de este tipo y un poco más de la violencia gratuita y el sexo sórdido que esboza por breves momentos, la película al menos no sería tan aburrida. Igual, un martes de insomino a las 4 AM en Volver puede llegar a ser una opción, salvo que den las igualmente deleznables «Comisario Fierro» o «Policía corrupto» en algún otro canal.
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