Anticipando su próxima presentación en la Galería Reece de Nueva York, en los próximos días, Gustavo López Armentía inaugurará una muestra en la Galería Van Eyck, en Buenos Aires, donde expondrá más de veinte obras realizadas en los últimos dos años.
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Aunque se había iniciado en el dibujo, López Armentía (1949), empezó a pintar hace ya treinta años. Una larga trayectoria en la que distinguimos tres capítulos claramente reconocibles, pero a la vez integrados por un eje muy explícito, el de la estética de la movilidad. Existen tres formas de contemplar sus obras, que en definitiva se juntan, en torno a ese leit motiv de la movilidad. El primer momento está relacionado con el tema de la inmigración.
Desde sus inicios, López Armentía se había interesado en una versión propia de la expresión humana. Su serie de retratos era asimilable al expresionismo tradicional noreuropeo. No es extraño que el artista haya señalado su interés por la obra de Francis Bacon o Anselm Kiefer. En las obras de esta época con un óleo abundante y espeso, convenientemente aceitado, arroja colores muy puros licuados con aguarrás, que producen tramas de chorreados que cruzan tanto a la materia densa, colocada con espátula, como a la distribuida con pinceles.
La grafía resultante de sus dibujos con jeringas dinamiza las superficies y sustituye el desplazamiento y el ritmo de una representación de lo que fluye, de lo que está en transición. La obra paradigmática de esa perspectiva es «Rayuela», titulada «Emigrar 2000», que presentó por primera vez en su muestra de Nueva York (Galería Reece), y que luego fue adquirida en Washington. Del segundo capítulo es representativa su obra «Lugares», que expuso en el Museo Nacional de Bellas Artes. El inmigrante dialoga con la ciudad, su recorrido es el tiempo de las esculturas, vinculadas al mundo de lo cotidiano. López Armentía busca el contrapunto de lo efímero y lo duradero, lo circunstancial y lo invariable, en esa medida mínima y móvil del presente que es la cotidianeidad. Alguna vez subrayó «lo más difícil, para el hombre, es soportar la cotidianeidad». Su atención se centra en los episodios y los objetos de cada día, pero siempre en el espacio y el tiempo de las ciudades. El artista representa las ciudades, sus edificios y habitantes como líneas de una trama visual sustentada en la materia y el color, en una figuración huidiza, casi espectral, sin quitarle el misterio de las articulaciones de imágenes ni la decidida pulsión cromática. La ciudad radiante de Le Corbusier y la mala ciudad de la película «Blade Runner» de Ridley Scott, son antecedentes de las ciudades en movilidad que pinta López Armentía.
En estas pinturas señala cómo son los lugares que tienen depósitos de energía, y este matrimonio de arte y arquitectura, que produjeron muchos artistas entre los años '60 y '90.
Un antecedente importante fueron las reflexiones y obras del Grupo Fluxus en los años '50. En Buenos Aires, tuvimos en directo las palabras de uno de ellos, Wolf Vostell, que anticipó lo que está sucediendo en el arte desde fines de la década del '90. En este nuevo capítulo, a partir de su participación en la Bienal de Arte de Venecia en 1997, donde presentó su gran plato y cubiertos, López Armentía innovó el soporte de sus obras, reemplazando las telas. Comenzó a utilizar polvo de cuarzo y mármol aglutinados con poliéster. Aunque a veces todavía pinta sobre tela, el uso de este nuevo material, ha sido decisivo en su representación: con él dibuja, pinta con óleo, hace inclusiones y relieves. Es una tercera etapa de su hacer, no excluyente sino integradora, con preocupaciones estéticas que lo llevan a investigar la movilidad como hecho cultural.
El tema de la movilidad como mezcla de lenguajes y propuestas ha estado siempre presente en las investigaciones de López Armentía, pero las imágenes se han hecho más contundentes en sus últimas obras. La problemática - sobre la que el año próximo se realizará una Bienal intercultural en Amsterdam-, aparece en sus telas como movilidad literal, en barcos y aviones, en las figuras de los inmigrantes y viajeros, en la movilidad social y en los paisajes culturales que representa.
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