"LOS PICAPIEDRAS EN LAS VEGAS"

Espectáculos

C on esta secuela de «Los Picapiedras» sucede algo parecido a lo que pasó con «Los Locos Addams 2»: la película original fallaba miserablemente al tratar de recrear con un gran presupuesto, lluvia de efectos especiales y un elenco multiestelar la gracia surgida de un viejo programa de TV, mientras que la segunda entrega, ya sin el peso de tener que convencer en esa recreación, termina luciendo más fresca y divertida y hasta más respetuosa con el producto de décadas atrás.
En el caso de «Los Picapiedras» y «Los Picapiedras en Las Vegas» las diferencias son mucho mayores, y empiezan ya por el elenco.
•plain Reemplazos
Por algún motivo -que con-viene no explorar demasiado, pero que debe relacionarse con el miedo a repetir el bochorno- John Goodman y Rick Moranis no forman parte del equipo, y en cambio son reemplazados por Mark Addy y Stephen Baldwin en los célebres personajes cavernícolas de Pedro Picapiedra y su amigo Pablo, también conocido como «ese enano».
Para cambiar los actores, el equipo creativo desarrolló una estrategia interesante, hacer una «precuela» donde se explora la vida juvenil de los personajes de
Hanna-Barbera, tomando a Pedro y Pablo justo en el momento en el que estaban por convencer a sus chicas cavernarias, Vilma (Kristen Johnson) y Betty (Jane Krakowski).

•plain Novedades
Para armar la historia aparece, en una vuelta argumental sumamente original, un extraterrestre que viene a la Tierra para investigar sobre las costumbres de apareamiento de sus brutales habitantes. En otra novedad argumental, el mismo actor que interpreta al marciano (Alan Cumming) también personifica a un astro de rock cromagnon, Mick Jagged, que, sin embargo, se parece más a uno de los herma-nos Fattoruso del legendario grupo beat uruguayo Los Shakers que al líder de los Rolling Stones.
Toda esta mezcla, a la que además hay que sumar la presencia de una madre mala e hipermaterialista encarnada por
Joan Collins, tiene sus pros y sus contras: el humor superbobo tiene sus momentos eficaces (especialmente en todo lo concerniente a Stephen Baldwin y a la mascota Dino, que se roban la película) pero por momentos atenta contra la paciencia del público adulto, mientras que las referencias al rock (ya desde la canción del título, interpretada, igual que en el film de Elvis «Viva Las Vegas», por Ann-Margret) y a los casinos de Las Vegas pueden hacer que los más chiquitos, a quienes indudablemente está destinado este film, pierdan un poco el hilo de la historia.
Con todo, hay momentos agradables para ambos sectores del público, tanto en lo referente a los gags como en los muy atractivos efectos especiales, incluyendo la formidable secuencia del parque de diversiones con montaña rusa de dinosaurios.

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