15 de mayo 2008 - 00:00

Lúcida versión del tango del prisionero

Karl Markovics, descollante actor austríaco que interpreta al atormentado protagonista de «Los falsificadores».
Karl Markovics, descollante actor austríaco que interpreta al atormentado protagonista de «Los falsificadores».
«Los falsificadores» («Die Falscher», Austria-Alemania, 2007; habl. en alemán). Dir.: S. Ruzowitzky. Int.: K. Markovics, A. Diehl, D. Striesow, M. Brambach y otros.

Rechiflao en su tristeza, sentado en la orilla de una playa de Montecarlo, el ex prisionero del campo de concentración de Sachsenhausen, Salomón Sorowitsch, mira el mar poco después del fin de la guerra. El fondo musical tiene un efecto doblemente intenso para el oído argentino: lo que se oye, y se supone oye interiormente el personaje, es «Mano a mano» en la antológica interpretación de Hugo Díaz, el armonicista santiagueño muerto hace más de 30 años y cuyas versiones (también de «Volver», «Por una cabeza», «Amores de estudiante» y otras) recupera la banda de sonido de este film austríaco, ganador del Oscar.


No se trata de un capricho estilístico del director y guionista Stefan Ruzowitzky: el Sorowitsch real, interpretado por el descollante actor austríaco Karl Markovics, fue un apasionado amante del tango, y terminó oscuramente sus días en Buenos Aires hacia los años '60, quizás -quién lo sabe- todavía dedicado aquí al oficio clandestino que fue tanto su estigma como su pasaporte a la supervivencia.

Sorowitsch, ruso judío de origen, fue un falsificador experto, capaz de reproducir pasaportes, documentos y sobre todo moneda que ni los bancos lograban diferenciar de la legítima. Su maestría era tal que, como ocurre con algunos hackers de hoy, llegó a ser considerado hasta por los mismos gobiernos como un artista.

Para su desgracia, y por culpa de la inexplicable torpeza de haberse quedado en Berlín en 1936, sus mayores admiradores fueron los nazis, y así se lo hicieron saber cuando lo arrestaron y, con el tiempo, lo ubicaron entre los prisioneros vip al frente de la llamada «operación Bernhard», que consistió en la producción masiva de libras y dólares fraudulentos con los que el Tercer Reich, tras empezar a considerar la hipótesis de la derrota, intentó, como recurso extremo, quebrar las economías de Gran Bretaña y los Estados Unidos inundando sus mercados con dinero espurio. Así, más que rechiflao en la tristeza, Sorowitsch arrastra al iniciarse el film el síndrome habitual, contradictorio y doloroso del sobreviviente de los campos, y que llevó a muchos otros al suicidio: la culpa vergonzante por haber escapado de la muerte, agravada en su caso por el dilema que centralmente plantea el film, el de haber sido útil y funcional a los planes de los nazis.

Al drama, si bien focalizado en las posiciones extremas de Sorowitsch y de su compañero de destino Burger (August Diehl), no lo empaña -como a veces ocurre en el cine norteamericano de «mensaje»- un debate de tipo ético al que forzosamente la dinámica de una película suele reducir al simplismo. Burger se niega a colaborar con el enemigo: no sólo ha sido un militante antinazi sino que su familia ha quedado atrapada en Auschwitz; Sorowitsch, en cambio, fue y sigue siendo un artista de la falsificación y su objetivo es seguir viviendo, aun cuando lo golpeen y lo orinen en la cabeza. El tratamiento del choque entre ambas posiciones (y esta es una de las mayores virtudes del libro), a la vez que la paulatina superación del conflicto, sin subrayados explícitos ni escenas declamatorias, se va produciendo con el enriquecimiento de la condición de ambos personajes, que cobran mayor densidad a través de su proceder no dentro del conflicto sino fuera de él: la relación de Sorowitsch con un joven compatriota, enfermo de tuberculosis, o una de las escenas liminares, que atañe a la suerte corrida por el Sturmbannführer Herzog, superior de ambos en el campo, son más iluminadoras que la simple aprobación o condena que podría hacer el film de sus respectivas conductas. Y esto, desde luego, define a una buena película.

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