20 de noviembre 2024 - 14:21

Magnífica muestra celebra a Emilio Pettoruti y Xul Solar

A cien años de la llegada a Buenos Aires de los dos grandes vanguardistas, la galería Delinfinito presenta la exposición "Nuevo mundo", curada por Javier Villa, con obras de ambos creadores.

Detalle del Salón Witcomb en la galería Delinfinito, que reconstruye bocetos y estudios de Pettoruti.

Detalle del Salón Witcomb en la galería Delinfinito, que reconstruye bocetos y estudios de Pettoruti.

Justo cuando se cumple una centuria desde el arribo de Xul Solar y Emilio Pettoruti a Buenos Aires, la galería Delinfinito inaugura la muestra “Nuevo Mundo”, curada por Javier Villa. La exposición recrea el desembarco de la vanguardia y celebra los aires renovadores de dos artistas que, en 1924, venían de su larga estadía en Europa a fundar un nuevo mundo. Ambos habían planeado una exhibición conjunta. Pero finalmente Pettoruti presentó una muestra individual con sus diseños futuristas en el Salón Witcomb.

En su libro autobiográfico, “Un pintor ante el espejo”, el artista cuenta que pidió una audiencia con el presidente Marcelo Torcuato de Alvear para invitarlo a la inauguración. El presidente aceptó. No obstante, como se podían prever disturbios, convinieron que acudiría a las once de la mañana. Aunque Pettoruti sólo les había avisado a sus más íntimos amigos, cuando llegó Alvear ya se había congregado una multitud. Según relata el pintor: “Alvear estuvo muy simpático, contempló atentamente los cuadros y me deseó buena fortuna más la chance de salir indemne de la prueba que me aguardaba. ‘¡Plazca al Cielo –me deseó- que no necesite usted esta tarde de los servicios de la Asistencia Pública!’” Esa noche la discusión estética terminó en la comisaría.

Después de la batalla, Xul escribió un artículo en el periódico “Martín Fierro”. Si bien la resistencia conservadora contra la innovación era muy fuerte, no es aventurado decir que en Buenos Aires se vivían los “locos años veinte” con un vértigo similar al de París y Berlín, aunque algo más provinciano y con un trasfondo político-económico muy diferente. Fueron los "últimos años felices de hombres felices”, que desde la retrospectiva parecen idílicos, con los precios agrícolas internacionales en ascenso, las cosechas más que satisfactorias, el peso argentino en alza, plena ocupación y miles de inmigrantes de la Europa paupérrima llegando a nuestro puerto para cumplir aquí con su sueño americano. El presidente Alvear no sólo fue un protector y amigo de los artistas, sino que además los apoyó con becas, premios y hasta con empleos públicos.

Entretanto, el mencionado libro “Un pintor frente al espejo”, permite rastrear el estrecho vínculo que pronto establecieron Xul Solar y Borges. Pettoruti cuenta que, en 1926, cuando Marinetti, el padre del futurismo, llegó a Buenos Aires, le preguntó sorprendido porqué sus amigos en vez de ser pintores eran escritores. Así le explicó que, al llegar a la Argentina advirtieron con Xul Solar que los pintores tenían un retraso de quince años respecto de las tendencias vigentes en Europa, mientras la vida literaria se caracterizaba por la profesionalización del oficio de escribir.

No sólo había escritores que vivían de su trabajo sino que, además, proliferaban las revistas literarias. Las más importantes eran la ultraísta “Proa”, el periódico “Martín Fierro” del grupo Florida que se publicó entre 1924 y 1927 bajo la dirección de Evar Méndez y, “Campana de Palo” del grupo de Boedo. Había grandes individualidades con criterios estéticos muy dispares y nada fáciles de catalogar: Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Leopoldo Lugones, Norah Lange, Roberto Arlt y Ricardo Güiraldes, entre otros.

Xul y Pettoruti entablaron amistad con estos intelectuales y, en especial, con Jorge Luis Borges. Dueño de una biblioteca que no se agotaba en Occidente, Xul conquistó la admiración del escritor. Luego, el caudal de sabiduría sobre lingüística, religiones, astrología o filosofía hermética, consolidó una mutua admiración. En "El tamaño de mi esperanza", Borges, observa: "Ya Buenos Aires, más que una ciudá es un país y hay que encontrarle la poesía y la música y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen”. Y no es casual que dedique este libro a Xul, creador entre otras lenguas del neocriollo, que toma palabras del castellano y el portugués para facilitar la comunicación de una utópica “Confederación de los Estados Latinoamericanos del futuro”. Tampoco es casual que Xul ilustrara este libro. Ambos representan el arribo de la modernidad y, además, coincidían en la aspiración de encontrar las palabras de una mitología criolla. Buscaban el nuevo mundo

Las aventuras europeas de Xul Solar y Pettoruti habían comenzado en Italia, en 1916, cuando se conocieron. Según cuenta Javier Villa, ambos “parecen cruzarse y distanciarse, pero nunca alejarse demasiado para así volver a acercarse. En ciertas ciudades vivieron juntos, en otras vacacionaron. Vendieron obras en la calle como método de supervivencia. Se auto-organizaron exposiciones y se escribieron críticas cruzadas para apoyarse entre sí. Compartieron veladas hasta el amanecer discutiendo los temas más variados, ya sea solos o con los grupos vanguardistas de turno. Disfrutaron y entendieron la visión del otro a pesar de las diferencias”.

Pettoruti fue el más combativo de los pintores martinfierristas y, consecuentemente, el que cosechó las críticas más adversas. Tuvo que proteger con vidrios durante años sus pinturas de las agresiones de un público belicoso. Cuando en 1962 Borges escribe el prólogo para el catálogo de la muestra homenaje del Museo de Bellas Artes, relativiza su anterior adhesión a las doctrinas vanguardistas y las de cualquier “ismo”. Pero, perceptivo pese a su ceguera, elogia la obra “noble y rigurosa” del pintor que califica como un “CLASICO”, así, con mayúscula. Renuncia a revisar su soporte teórico y rescata “un tiempo que no olvidaremos”. Sin duda es esa década donde Buenos Aires gana la elegancia, el espíritu ecléctico y cosmopolita que la caracteriza hasta nuestros días y que la diferencia del resto de las metrópolis de Latinoamérica.

Villa aclara que para el diseño expositivo se inspiró en las arquitecturas laberínticas de Xul Solar y el juego entre planos plenos y diáfanos que Pettoruti aplicaba para investigar la luz. En la belleza de una “Farfalla” se percibe el sólido cromatismo de ese sol tan “argentino” que delata la búsqueda de lo propio.

“La continuidad de los bosques” reúne breves paisajes “cuyo posible destino era la venta callejera para lograr cierta subsistencia económica”, relatan en Delinfinito. “Pettoruti también pintaba paisajes arbolados con este fin, en paralelo a sus composiciones abstractas”, informan. Tanto Xul como Pettoruti representaban en Europa las visiones del presente y, acaso, también, las de un pasado que resguardaban en la memoria y que deseaban volver a ver.

La muestra presenta más de 50 piezas, algunas, ya emblemáticas en la trayectoria de los artistas, mayormente las de Pettoruti; otras, que se han visto poco e incluso "algunas inéditas". "En Xul Solar todo es maravilloso, de ese maravilloso que rompe la razón", escribe Pettoruti, exaltando la condición mágica de la obra de Xul que en esta ocasión cuesta descubrir.

Pero el espacio más importante de la exposición es el bloque que reconstruye la muestra de pinturas, dibujos, estudios, mosaico y bocetos para vitraux de Pettoruti en el Salón Witcomb. Delinfinito presenta por segunda vez una muestra de archivo, la anterior la dedicó a descubrir el universo de Emilio Renart. Ahora el archivo se configura con las fichas originales con las que Pettoruti organizaba su propia historia. Por otra parte, el artista nunca dejó de explicar los fundamentos de sus obras en textos y conferencias. Este archivo de 20 fichas proviene de la Fundación Pettoruti.

Dejá tu comentario

Te puede interesar