18 de octubre 2000 - 00:00

México se revela en un film desgarrador

«Amoresperros» (íd., México, 2000; habl. en esp.). Dir.: A. González Iñárritu. Guión:G. Arriaga. Mús.: G. Santaolalla. Int.: E. Echevarría, G. García Bernal, G.Toledo,

V.Bauche, J. Salinas y otros.

 

 

“Amoresperros” es untriángulo de historias pasionales, imaginativo y brutal, que arde en elcuerpo como arde todo lo mexicano cuando es auténticamente intenso. Es unapelícula arrolla-dora, pero no confortable; aunque ficticias, las imágenes deanimales desgarrándose a dentelladas, o muertos, podrían provocar algúnrechazo. Sin embargo, no son éstos, ni mucho menos, los únicos estremecimientosque produce este film perturbador, que tiene la infrecuente particularidad deno ahogar, bajo su compleja arquitectura de relato y edición, la sinceridad artísticay el vínculo emotivo con el espectador.

Enesa ciudad inmensa que se abre en contundente panorámica desde la primeraescena, y que contendrá como en caldera los amores malsanos, perros, de suspersonajes, se reconoce el mismo espíritu que llevó tanto tiempo atrás a SergeiEisenstein a rodar ese film maldito e inacabado sobre aquel mismo país, «Queviva México», simbolizado en el Día de Muertos y las calaveras de Posaday Rivera como fondo de la algarabía y el desenfreno.

Todoslos amores de los «Amores perros» están al límite de la muerte; un mismoacontecimiento, filmado varias veces, visto desde distintas perspectivas,presentado secuencialmente de manera imprevista y anunciada, y luego otra vezsorpresiva, organiza las tres historias: un violento choque de automóviles enuna esquina, que complica a los protagonistas de cada una de las historias ylos modifica de raíz. A partir de cada una de las veces que se produce esemismo choque, el relato se dispara hacia nuevos recorridos, y la película se despojade su carácter aparentemente episódico para volverse cada vez más sólida enunidad y coherencia.

Primeroes el veinteañero Octavio, el marginal, enamorado de la mujer de su intratablehermano. En la casa tienen un mastín feroz, la pieza más codiciada en esebarrio violento donde la diversión favorita es la riña de perros. Descendientesde «Los olvidados», de Buñuel, los personajes de este episodio secruzan, perseguidos alocadamente por la muerte tras haberla provocado, con elvaporoso mundo fashion de la modelo Valeria Amaya, que no sólo es su opuestomás brutal por la obvia condición de clase, sino por razones narrativas másprofundas.

Octavioes la invisibilidad de lo clandestino, y Valeria -protagonista del segundoepisodio-la más contundente expresión de lo visible: su cuerpo vende productosdesde lo alto de todo el DF. Por eso mismo es doblemente irónico el desen-lace:para ella, el peinado de su minúsculo ca-niche Richi es una cuestión tantrascendental como el piso que le pone su amante, un ejecutivo de TV cansado delas rutinas conyugales, y el libro de Guillermo Arriaga imagina un finaldantesco en el que piso y caniche se combinarán de la manera menos visible,desatando desde el ocultamiento el infierno de la fantasía en la imaginacióndel espectador.

ElChivo, personaje central del tercer episodio, produce al principio tan pocassimpatías en el espectador como el resto de los protagonistas (otra de lascaracterísticas más arriesgadas de «Amores perros» es la falta deidentificación con sus personajes, salvo contados casos, lo que genera undistanciamiento casi permanente durante las intensas dos horas y media que durael film).

Ermitañorodeado de perros mestizos, tan sucio él como ellos, el Chivo tiene un pasadopolítico violento y ahora es un mercenario que carece, en apariencia, devínculos afectivos con el mundo más allá de sus animales. Un nuevo encargo leinspira el arte sutil de la crueldad, arma una estrategia casi teatral paraenfrentar a sus víctimas, y sólo la cruel mediación de un perro (y, una vezmás, el mismo choque de autos) impulsará también su modificación, y expiación,como personaje.

Aunquesus autores rechacen la idea, como también la rechazaba el ateo Buñuel,es inocultable el trasfondo religioso de esta admirable película; si no en lodoctrinario, sí en el espíritu que se trasluce desde sus fundamentos.

 

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