"MONTECRISTO"

Espectáculos

«El conde de Montecristo» («The Count Of Montecristo», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: K. Reynolds. Int.: J. Caviezel, G. Pearce, R. Harris, D. Dominczyk y otros.

Abel Santa Cruz decía que un libretista de televisión sólo tenía que copiar «La cenicienta» o «El conde de Montecristo» para asegurarse un éxito. «El hombre que volvió de la muerte» (1969), por ejemplo, no era otra cosa que una adaptación más terrorífica de las venganzas de Edmond Dantès, con Narciso Ibáñez Menta despanzurrando enemigos y sembrando ranitas como firma.

No hay cinematografía importante que no haya tenido su propia versión de la obra de Alejandro Dumas padre. En la Argentina, la filmó León Klimovsky en 1954, con Jorge Mistral en el protagónico, Ernesto Bianco como el traidor Fernando y Santiago Gómez Cou en el papel del policía Villefort. Existieron ya varias versiones en el cine mudo, más de una en Francia (donde hasta la filmó Claude Autant-Lara) y muchas más en los Estados Unidos.

En la era de
«El señor de los anillos» y «The Matrix», Hollywood acomete la enésima versión de este clásico del siglo XIX y, contra lo que podría esperarse, con criterios dramáticos y de dirección de actores que ya hace 50 años habrían sido vetustos.

Cuando el prisionero Dantès regresa de su largo encierro en la cárcel de If convertido en el Conde de Montecristo, sin maquillaje que modifique su rostro más allá del paso del tiempo (que, a juzgar por la apariencia, no es mucho), nadie lo reconoce en principio. Ni siquiera su archirrival Fernando, interpretado por
Guy Pearce, el actor de «Memento», que lo observa como si le recordara vagamente a alguien (es irreprimible el chiste fácil: Pearce olvidó tomarle una Polaroid y escribir «no creas en sus mentiras»). Su ex novia Mercedes recién se da cuenta por un gesto suyo al retorcerse los cabellos de la nuca: no por su cara, que es casi idéntica.

Verosimilitud

Al director Kevin Reynolds parecen importarle poco los cambios en los criterios de verosimilitud del público de hoy, y que algunas de las convenciones antes aceptadas estén ahora a un paso del ridículo, como ese Napoleón de vodevil, con gorro de emperador en plena noche de Elba, entregándole la carta comprometedora al ingenuo Edmond, además por supuesto de las conductas y móviles casi siempre pueriles de sus personajes. Los únicos dos indicios de que este «Montecristo» es una película de hoy son su sonido envolvente y su duración (dos horas y diez para lo que antes se contaba en una hora y media).

Por supuesto,
«El conde de Montecristo» es una obra que desafía a sus peores adaptadores y a los elencos más inverosímiles (como el puertorriqueño Luis Guzmán en el papel de Jacopo, servidor de Dantès, con ese acento y ese inocultable look de narcotraficante o de policía encubierto que ha hecho en tantas películas). El inagotable atractivo de su trama de lealtades, amores, traiciones y venganzas románticas, que sedujo a varias generaciones de lectores, primero, y más tarde de espectadores, de alguna manera sobrevive.

Dejá tu comentario