En el Museo Nacional de Bellas Artes, el próximo 19 de noviembre a las 19 se inaugurará una muestra antológica de Osvaldo Monzo. Son obras del período 1987-2003, que se caracterizan por sus fondos neoexpresionistas (vinculados a la Nueva Imagen), que plantean contrapuntos con formas planas de la geometría sensible.
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Ya a comienzos de los '80, Monzo (1950), materializa sus juegos virtuales en el espacio, en las dos dimensiones de la tela. Monzo participa del fenómeno casi universal en el que se nota un regreso: una vuelta a la fruición de pintar, a volver a las dos dimensiones de la tela, luego de la ruptura epistemológico del arte conceptual y las estructuras primarias.
La transvanguardia en Italia, el neoexpresionismo en los Estados Unidos, la pintura salvaje de los alemanes, la nueva imagen en la Argentina, plantean una poética visual distinta. El fenómeno de la Nueva Imagen en la Argentina se desarrolló con un punto de partida propio para aquella joven generación de artistas: aunque no fuera totalmente homogéneo, su poder de transformación fue grupal.
La obra de Monzo en los '80, fundamentalmente «Prometeo», y «Prometeo y el águila» (1983), plantea criptogramas, que sólo son susceptibles de descifrar como si fueran jeroglíficos. No estamos frente a una situación común, adaptada al modelo de la convención iconográfica, porque es el águila quizá quien persigue a Prometeo, que encadenado al peso de su busto de piedra no puede siquiera moverse.
•Puente
Trabaja con asociaciones y representaciones (cabezas, lunas, cielos, estrellas con rostros de músicos), combinaciones de elementos antagónicos, y texturas que legitiman un proceso retórico libre. Según sus palabras, lo suyo es «un puente entre lo onírico y lo real». Su actitud lo ubicaba en la cultura de lo surreal, porque en ella no hay otra convención que la no convención.
En sus últimas obras, como «En la luna de Valencia» (1997), «El vigía» (1998), «Canto de Sirenas» (2000), Monzo ha afianzado su acercamiento a algunas de las modalidades de la Geometría sensible, en la serialización de formas elementales, con un espíritu totalizador y una acendrada riqueza cromática; el uso de planos entrecortados, al margen de toda simetría, y la elaboración de estructuras libres y planas. La muestra antológica en el Museo puede concebirse como una instalación, ya que se genera a partir de una narrativa y un concepto espacial. El espacio considerado como obra requiere de la participación del espectador; pero no para vivir episodios sino para descifrar mensajes, para decodificar formas, rescatar ideas. Al observar las obras desde distintos ángulos, la percepción se convierte en proceso. Y, al adueñarse de esta dimensión adicional, se refuerza el valor de la comunicación.
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