23 de noviembre 2007 - 00:00
Murió Maurice Béjart, el gran artista que popularizó la danza
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Hasta pocos
días antes de
su muerte,
ayer a los 80
años, Maurice
Béjart siguió
trabajando en
su último
espectáculo,
«La vuelta al
mundo en 80
minutos», que
su compañía
estrenará en
diciembre.
Un año después, fundó el Ballet del siglo XX: sus coreografías, montadas a un ritmo acelerado en la capital belga para dar luego la vuelta al mundo, tienen un éxito rotundo.
A raíz de una desavenencia con el director de La Moneda, Gerard Mortier, Maurice Béjart prosiguió su carrera en Suiza, donde creó en 1987 el Béjart Ballet Lausanne.
En total, creó más de 150 coreografías, que expresan su gusto por los viajes y el mestizaje. Sus creaciones mezclan los géneros (cine, teatro, ópera) los estilos y las culturas. Deseoso de transmitir su arte, creó escuelas en Bruselas, Dakar y Lausana, en las que se formaron algunos de los mejores bailarines contemporáneos. Paralelamente, publicó novelas, obras de teatro y libros de recuerdos. Entre las óperas que dirigió se cuentan «La Traviata», de Verdi, y «Don Giovanni», de Mozart.
Béjart dirigió también los pasos de leyendas, incluyendo a Rudolf Nureyev, Jorge Donn, Patrick Dupond, Suzanne Farrell y Sylvie Guillem, en osadas producciones en escenarios mundiales, desde la Opera de París hasta el Bolshoi.
Fue un creador que logró seducir aún al público no afecto a la danza con decenas de coreografías mestizas de vocación universal, durante una carrera cuya ambición era hacer de la danza «el arte del siglo XX».
«Yo saqué la danza de los teatros de ópera para implantarla en el Palacio de Deportes, en los Juegos Olímpicos y en el Festival de Aviñón», solía decir, orgulloso de haber popularizado ese arte como nadie. Maurice Béjart, que se convirtió al islam en 1973, enarbolaba una actitud mística que impregna toda su obra. Se sentía investido de una misión casi mesiánica y revolucionó el espectáculo vivo ya en aquella su primera creación, «Sinfonía para un hombre solo». Una revolución «más sociológica que artística», señala el coreógrafo Jean-Claude Gallotta, puesto que Béjart conserva la técnica clásica, pero cambia el espíritu de la danza, que con él pasa a ser sagrada y sensual.
El tutú de las bailarinas se transforma en minifalda, los jeans irrumpen en el escenario, el poder del cuerpo se afirma. Los intérpretes, verdaderos seres de carne y hueso, adquieren vida y dan libre curso a su sensibilidad.Provocaba con coreografías con marcado acento sexual o claramente influenciadas por la moda. También resultó chocante para determinado público -especialmente el aburguesado de París- su gusto por la música conceptual de Pierre Boulez o Iannis Xenakis.
Pese a los silbidos de protestay los abucheos, Béjart no cedió en su concepción de la vanguardia y prefirió trabajar en el extranjero o fuera de la capital francesa. Entre 1955 y 1960 realizó unas 33 producciones, entre ellas «Haut Voltage» en Lyon, o «Orpheus», en Lieja.
Quizás de manera premonitoria, el último espectáculo de Maurice Béjart terminaba con la canción «El show debe continuar», al igual que harán los miembros de su ballet con el inmenso repertorio que les dejó en herencia su maestro.
En cuanto a su sucesión al frente de la «troupe», está asegurada por Gil Roman, el director adjunto desde hace varios años y que recogerá la antorcha del maestro.
Los restos del artista serán cremados, por expreso pedido suyo, del mismo modo que pidió que su ceremonia de despedida se realice en Lausana. Así se hará el lunes próximo en la sala Metropole de esa ciudad. Además, según reveló ayer su amigo, el escritor e historiador Michel Robert, Maurice Béjart había pedido en una carta, que él mismo le autorizó a divulgar el pasado septiembre, ser naturalizado belga y recordaba su deseo de que sus cenizas descansaran en las arenas de la ciudad costera de Ostende. En la carta, el artista dejaba claro que se sentía más cercano a Bélgica que a Francia, su país natal.



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