8 de octubre 2004 - 00:00

Nuevo "Exorcista" conforma a fans

«Exorcista: El Comienzo» (The Exorcist: The Beggining, EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: R. Harlin. Int.: S. Skarsgård, I. Scorupco, J. D'Arcy, R. Sweeney.

Esta era una película de Paul Schrader («La marca de la pantera», pero más conocido como guionista de Scorsese en «Taxi Driver»). El estudio rechazó su montaje y contrató a Renny Harlin («Duro de matar 2»), primero para hacer retomas y agregar escenas, lo que derivó en un nuevo rodaje en «casi 90 por ciento», según se dice.

Explicado esto, lo cierto es que al final lo que queda es ver la película, que no luce mal, a pesar de los prejuicios que casi obligan a condenarla a priori. Al mejor estilo de la presentación del personaje de Max Von Sydow en la película original, la trama comienza de un modo más sutil, en claro homenaje al film de Friedkin. En El Cairo, 1949, un hombre misterioso se le aparece a un arqueólogo decadente para hacerle una propuesta non-sancta: unirse a una excavación en Kenya para hacerse de una figura demoníaca.

El espectador atento a la historia del Exorcista descubre que el arqueólogo no es otro que el Padre Merrin, el exorcista jesuita del primer film, que en ese punto anterior de su vida dejó los hábitos y es sólo un arqueólogo que arrastra un pasado. «Hoy Dios no esta aquí, Padre», resuenan las palabras de un oficial nazi que apoya su Luger en la cabeza de una niña.

Los flashbacks del horror nazi se repiten a medida que Mr. Merrin llega a la excavación de una iglesia bizantina del siglo V en Kenya. El lugar está habitado por gente enferma, desquiciada, desesperanzada o todo eso junto. Incluyendo a un arqueólogo en un hospicio, y una doctora con sus propios fantasmas del Holocausto. Lo único que ayuda a sobrellevar todos estos dramas es la idea de que a lo largo del film Mr. Merrin recuperará la fe, volverá a ser el Padre Merrin y sobrevivirá a este exorcismo para retomar la historia ya conocida.

Esta película pone los nervios de punta, y lo hace con más imaginación que con imágenes gráficas. Hay algunos recursos del cine de terror más obvio y tradicional (como puertas que se abren y cierran solas dramáticamente), que no dejan de ser parte del género. Es más, en este caso, casi alivian por permitirle al espectador sucumbir frente a algo menos inasible que la encrucijada teológico-metafísica latente en cada escena de esta pesadilla iluminada con todos los tonos siniestros de un director de fotografía como Vittorio Storaro en su mejor forma. En síntesis, una película condenada por su pasado, que satisfará a los fans del género.

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