«Nada es imposible» («Vägen Ut», Suecia, 1999; habl. en sueco). Dir.: D. Lind Lagerlöf. Int.: B. Kjellman, T. Hanzon, P. Haber.
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E sta atractiva comedia negra sueca empieza con una quijotada y termina con inocencia. Sin embargo, en su transcurso se asiste a escenas de singular dureza y a un debate interno, soportado por el protagonista, de alcance mundial: la lucha por obtener un espacio en el cual poder desarrollar, sin más obstáculos que la propia pericia, la capacidad individual.
En cambio, lo que no tiene universalidad es el ámbito donde Reine (Björn Kjellman), un actor y dramaturgo ahora desempleado por culpa de su quijotada, tiene que empezar a moverse: una prisión de alta seguridad, poblada por peligrosos criminales, en donde existe pulcritud, disciplina, y un programa recreativo para que los internos desarrollen sus talentos.
Desde luego, en «Nada es imposible» no hay cuentos de hadas, ni los convictos se transforman rápidamente en sensibles criaturas que nacieron para interpretar a Shakespeare. Las jerarquías mafiosas entre los internos existen como en cualquier otra parte del mundo, y la traumática inserción de Reine en ese ambiente, sin experiencia alguna, va a ocasionar inclusive un hecho de sangre.
Pero el film de Lagerlöf nada tiene que ver con los habituales dramas carcelarios norteamericanos. Si alguna inspiración más o menos explícita se detecta en este film es la del exitoso film inglés «The Full Monty-Todo o Nada», filiación a la que hasta remite el título local «Nada es imposible». No sólo por la escena de los desnudos, sino sobre todo por ese planteo, entre sombrío y absurdo, que enfrenta un grupo de hombres con un cometido totalmente ajeno a su naturaleza.
Sin embargo, los resortes son diferentes, y en eso radica la originalidad de la película, que se inclina mucho más hacia la comedia, por sangrienta que sea: en «The Full Monty» la motivación de los strippers eran el desempleo y la desazón. Aquí hay impulsos contradictorios, casi picarescos: Reine quiere llevar la obra a cabo para poder estrenar, al fin, su propia obra, cosa que jamás pudo lograr entre «civiles libres»; los presos, en cambio, aceptan representarla porque a través de ella, y como deben trasladarse a un teatro real fuera de la cárcel, podrían encontrar una ocasión para fugarse.
El film tiene buenos diálogos y actuaciones sólidas. El único efecto paradójico que, de este lado del mundo, tendría la película, es que uno de sus «malos», el guardiacárcel que desprecia a Reine porque cree que está dándole margaritas a los cerdos en el intento de reeducar a los criminales, podría convertirse fácilmente en portavoz de lo que en la Argentina de la inseguridad y el miedo piensan casi todos.
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