Val Kilmer encarna al actor porno John Holmes en un film que intenta recrear la famosa masacre en un cabaret de Los Angeles, y termina pareciendo un capítulo más de "True Story".
«Excesos» ( Wonderland, EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: J. Cox. Guión: J. Cox, C. Mauzner, T. Samovitz, L. Scott. Int.: V. Kilmer, K. Bosworth, L. Kudrow, L. Josh, D. McDermott, E. Bogosian.
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Se cuenta aquí la historia de un sangriento ajuste de cuentas entre dos grupos de narcotraficantes, la llamada masacre de Avenida Wonderland, ocurrida en Laurel Canyon, verano de 1981. ¿Qué tiene de singular esta masacre, aparte de que los criminales no necesitaron prender las luces para mirarles los sesos a sus cuatro víctimas, se fueron dejando todo hecho un absoluto chiquero, y nunca fueron condenados, aun cuando la policía supo rápidamente quiénes eran tamaños asesinos?
Según analistas de los tiempos que corren, el hecho merece recordarse por dos razones. Una, es que de algún modo marca el fin de las grandes y promiscuas fiestongas californianas de los '70, tras lo cual vendría la retracción conservadora de los '80, de la mano con el sida. La otra razón, es que en esa masacre estuvo implicado el famoso John Holmes, o Johnny Wadd, astro superdotado del negocio de la pornografía en los '70, escracho viviente y cobarde de la peor calaña en el momento que aquí lo vemos, y escracho infeccioso a fines de los '80, cuando le tocó morir en una cama de hospital. Todo un símbolo para uso de ambas décadas.
La película, en cambio, no merece recordarse demasiado. Es cierto, puede entretener debidamente a su público, ya que tiene sus buenas horas de edición, cámara torcida, pantalla dividida, colores «quemados», primerísimos primeros planos, montaje epiléptico, sonido distorsionado, un lindo chiche a la hora de cotizar en pantalla el botín de un asalto, y también cierto juego narrativo, exponiendo versiones contrapuestas del hecho, según lo cuentan el marido de una de las víctimas y el mencionado Holmes, quien habría sido algo más que testigo presencial. Pero, aun así (y éste es el problema), el resultado no se distingue demasiado de cualquier capítulo del programa televisivo «True Story», con sus vicios de cobertura fácil. Graciosos, los textos finales, donde se confirma que el malo de la película es un traficante palestino que hoy anda libremente por territorio de América, y que la tierna noviecita del actor porno (ella tenía 15 cuando lo enganchó) «actualmente vive en la costa del Pacífico, con su esposo, dedicada a criar a su hijita Jade, y está escribiendo un libro sobre su experiencia».
Aclaración casi innecesaria: hay bastante violencia, se ven unos cuantos 38 largos, pero ni de casualidad se ve algo de 32. Para eso hay que remitirse a otro tipo de películas.
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